EL PARAÍSO RESTAURADO

Una teología bíblica de señorío


David Chilton

Dominion Press

Tyler, Texas

© 1ero. 1985; 6to. 1999

Capítulo 18

EL TIEMPO ESTÁ CERCA

¿Cuándo cesaron las profecías y las visiones en Israel? ¿No fue cuando Cristo vino, el Santo de los santos? En realidad, es una señal y una prueba notable de la llegada del Verbo el hecho de que Jerusalén ya no está, ni ha aparecido ningún profeta ni se ha revelado ninguna visión entre ellos. Y es natural que deba ser así, porque cuando vino el que tenía que venir, ¿qué más necesidad había de que viniera otro? Y cuando la verdad hubo llegado, ¿qué más necesidad había de las sombras? Sólo acerca de Él profetizaban continuamente, hasta cuando hubo llegado la Justicia Esencial, el que fue hecho rescate por los pecados de todos. Por la misma razón permaneció Jerusalén hasta el mismo tiempo, para que los hombres pudiesen pensar en los tipos antes de que se conociese la verdad. Así que, por supuesto, una vez que el Santo de los santos hubo llegado, tanto las visiones como las profecías fueron selladas. Y el reino de Jerusalén cesó al mismo tiempo, porque los reyes debieron ser ungidos entre ellos sólo hasta que el Santo de los santos fue ungido. Moisés también profetiza que el reino de los judíos permanecerá hasta el tiempo de Jesucristo, diciendo: "No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh; y a él se congregarán los pueblos" [Gén. 49:10]. Y por eso el Salvador mismo siempre estaba proclamando: "Todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan" [Mat. 11:13]. Así que, si todavía hay rey o profeta o visiones entre los judíos, hacen bien en negar que Cristo ha venido; pero si no hay ni rey ni visiones, y desde ese tiempo todas las profecías han sido selladas y la ciudad y el templo han sido tomados, ¿cómo pueden ellos ser tan irreligiosos, cómo pueden burlarse así de los hechos, hasta el punto de negar al Cristo que ha traído todas estas cosas?

Atanasio, On the Incarnation [40]

La cuestión de la fecha del libro de Apocalipsis es importante para su correcta interpretación. A menudo, los eruditos han aceptado la declaración de Ireneo (120-122 D. C.) de que la profecía apareció "hacia el fin del reinado de Domiciano" (es decir, alrededor de 96 D.C.). Sin embargo, hay considerables dudas sobre lo que Ireneo quiso decir con esto (puede haber querido decir que el apóstol Juan en persona "fue visto" por otros). El lenguaje de Ireneo es ambiguo y, a pesar de lo que estaba diciendo, podría estar equivocado. (Dicho sea de paso, Ireneo es la única fuente para esta tardía fecha de Apocalipsis; todas las otras "fuentes" están basadas en Ireneo). Ciertamente, hay otros escritores tempranos cuyas declaraciones indican que Juan escribió el Apocalipsis mucho antes, bajo la persecución de Nerón. Por consiguiente, nuestro curso de acción más seguro es estudiar el Apocalipsis mismo para ver la evidencia interna que el libro presenta en relación con su fecha - evidencia que indica que fue escrito en algún momento antes o alrededor del 68 D. C. Brevemente, esta prueba depende de dos puntos: (1) Se habla de que Jerusalén todavía estaba en pie, pero gran parte del libro profetiza la destrucción de Jerusalén en el año 70 D. C.; (2) se dice que el emperador Nerón todavía estaba vivo - pero Nerón murió en junio del año 68. (Estos puntos y otros se demostrarán en los capítulos siguientes).

Sin embargo, mucho más significativo es el hecho de que tenemos una enseñanza a priori en la misma Escritura en el sentido de que toda la revelación especial terminó por el año 70 D. C. El ángel Gabriel le dijo a Daniel que las "setenta semanas" terminarían con la destrucción de Jerusalén (Dan. 9:24-27); y ese período también serviría para "sellar la visión y la profecía" (Dan. 9:24). En otras palabras, la revelación especial se detendría - sería "sellada" - para cuando Jerusalén fuese destruida. El canon de las Sagradas Escrituras se completó enteramente antes de la caída de Jerusalén.

La muerte, resurrección, y ascensión de Cristo marcaron el fin del pacto antiguo y el principio del nuevo; los apóstoles fueron comisionados para entregar el mensaje de Cristo en la forma del Nuevo Testamento; y cuando hubieron concluido, Dios envió a los edomitas y a los ejércitos romanos para destruir completamente los últimos símbolos que quedaban del pacto antiguo: el templo y la Santa Ciudad. Este solo hecho es suficiente para establecer que Apocalipsis fue escrito antes del año 70 D. C. Como veremos, el libro mismo proporciona abundante testimonio en relación con su fecha; pero, hay aún más; la naturaleza del Nuevo Testamento como la palabra final de Dios nos los dice. La muerte de Cristo a manos del Israel apóstata selló su suerte: el reino le sería quitado (Mat. 21:33-43). Mientras la ira aumentaba "al extremo" (1 Tes. 2:16), Dios detenía su mano del juicio hasta que la escritura del documento del nuevo pacto se llevara a cabo. Hecho esto, Dios puso fin dramáticamente al reino de Israel, barriendo con la generación perseguidora (Mat. 23:34-36; 24:34; Luc. 11:49-51). La destrucción de Jerusalén (Apoc. 11) fue el último trompetazo, que indicaba que el "misterio de Dios" estaba consumado (Apoc. 10:7). No habría más revelaciones especiales una vez que Israel hubiera desaparecido. Para regresar al punto, el libro de Apocalipsis definidamente se escribió antes de 70 D. C., y probablemente antes de 68 D. C.

Destino

Juan dirigió el Apocalipsis a las siete importantes iglesias de Asia Menor, y fue ampliamente distribuido desde ellas. Asia Menor era importante porque la secta del culto a César se trata extensamente en la profecía - y Asia Menor era un centro principal del culto a César. "Inscripción tras inscripción atestigua la lealtad de las ciudades al imperio. En Éfeso, Esmirna, Pérgamo, y de hecho por toda la región, la iglesia era confrontada por un imperialismo popular y patriótico, y que tenía el carácter de religión. En ninguna parte era el culto a César más popular que en Asia" (H. B. Swete, Commentary on Revelation [Kregel, 1977], p. lxxxix).

Después de que Julio César murió, se construyó en Éfeso un templo honrándole como divo (dios). Los césares que le siguieron no esperaron que la muerte les proporcionara tales honores y, comenzando por Octaviano, afirmaron su propia divinidad exhibiendo sus títulos de deidad en templos y monedas, particularmente en las ciudades de Asia. Octaviano reemplazó su nombre con el de Augusto, un título de suprema majestad, dignidad, y reverencia. Fue llamado el Hijo de Dios, y como mediador divino-humano entre el cielo y la tierra, ofrecía sacrificios a los dioses. Fue proclamado ampliamente como Salvador del mundo, y las inscripciones de sus monedas eran francamente mesiánicas - su mensaje declaraba, como había escrito Ethelbert Stauffer, que "la salvación no se encuentra en ningún otro, salvo en Augusto, y no hay otro nombre dado a los hombres en el cual pueden ser salvos" (Cristo y los Césares [Westminster, 1955], p. 88).

Esta actitud era común a todos los Césares. César era Dios; César era Salvador; César era el único Señor. Y reclamaban para sí no sólo los títulos sino también los derechos de la deidad. Fijaban impuestos y confiscaban propiedades a voluntad; tomaban las esposas de ciudadanos (y a sus esposos) para su propio placer, causaban escasez de alimentos, ejercían el poder de vida y muerte sobre sus súbditos, y en general intentaban controlar cada uno de los aspectos de la realidad a través del imperio. La filosofía de los Césares puede resumirse en una frase que se usó más y más a medida que pasaba el tiempo: ¡César es Señor!

Éste era el principal punto de controversia entre Roma y los cristianos. ¿Quién es Señor? Francis Schaeffer señaló: "No olvidemos por qué eran asesinados los cristianos. No porque adoraban a Jesús ... a nadie le importaba quién adoraba a quién mientras el que adoraba no trastornara la unidad del estado, que se centraba en el culto formal a César. La razón de que los cristianos fueron asesinados es que eran rebeldes ... adoraban a Jesús como Dios y adoraban solamente al Dios infinito, personal. Los Césares no tolerarían que se adorase al único Dios solamente. Esto se consideraba traición" (How Shall We Then Live? [Revell, 1976], p. 24).

Para Roma, la meta de cualquier moralidad y piedad era subordinar todas las cosas al estado; el hombre religioso y piadoso era el que, en todo momento de su vida, reconocía la centralidad de Roma. R. J. Rushdoony observa que "la estructura de los actos de piedad religiosos y de familia era Roma misma, la comunidad central y más sagrada. Roma controlaba estrictamente todos los derechos de asociación, asamblea, reuniones religiosas, clubes, y reuniones callejeras, y no toleraba ningún posible rival de su centralidad... Sólo el estado podía organizar; los ciudadanos no podían, a menos que conspirasen. Sólo sobre esta base, la altamente organizada Iglesia Cristiana era un delito y una afrenta contra el estado, y una organización ilegal que en seguida aparecía como sospechosa de conspiración" (The One and the Many [Thoburn Press, 1978], pp. 92s).

El testimonio de los apóstoles y la iglesia cristiana primitiva era nada menos que una declaración de guerra contra las pretensiones del estado romano. Juan dice que Jesús es el unigénito Hijo de Dios (Juan 3:16); que Él es, en efecto, "el Dios verdadero y la vida eterna" (1 Juan5:20-21). El apóstol Pedro declaró, poco después de Pentecostés: "En ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre debajo del cielo dado a los hombres en el cual podamos ser salvos" (Hech. 4:12). "El conflicto del cristianismo con Roma era, pues, político desde la perspectiva de Roma, aunque religioso desde la perspectiva cristiana. A los cristianos nunca se les pidió que adoraran a los dioses paganos de Roma; sólo se les pedía que reconocieran la primacía religiosa del estado. ... El punto de discrepancia era, pues, éste: ¿debían las leyes del emperador, las leyes del estado, gobernar tanto al estado como a la iglesia, o debían tanto el estado como la iglesia, tanto el emperador como el obispo por igual, estar bajo las leyes divinas? ¿Quién representaba el verdadero y último orden, Dios o Roma, la eternidad o el tiempo? La respuesta romana era Roma y el tiempo, y de aquí que el cristianismo constituyese una fe traicionera y una amenaza para el orden político" (Rushdoony, The One and the Many, p. 93).

El cargo presentado por los fiscales en un juicio contra cristianos en el siglo primero era que "todos ellos desafían los decretos de César, diciendo que hay otro rey, uno llamado Jesús" (Hechos 17:7). Ésta era la acusación fundamental contra todos los cristianos del imperio. El capitán de policía rogó al anciano obispo Policarpo que renunciase a esta posición extrema: "¿Qué mal hay en decir César es Señor?" Policarpo rehusó, y fue quemado en la hoguera. Miles sufrieron el martirio sólo a causa de este punto. Para ellos, Jesús no era "Dios" en algún sentido irrelevante de razón e inteligencia; Jesús era el único Dios, completo soberano en todas las áreas. Ningún aspecto de la realidad podría estar exento de sus demandas. Nada era neutral. La iglesia confrontó a Roma con la inflexible afirmación de la autoridad imperial de Cristo: Jesús es el unigénito Hijo; Jesús es Dios; Jesús es Rey, Jesús es Salvador; Jesús es Señor. Aquí había dos imperios, ambos intentando tener absoluto dominio mundial; y eran implacables en la guerra.

Era necesario que las iglesias de Asia reconocieran esto plenamente, con todas sus implicaciones. La fe en Jesucristo requiere absoluta sumisión a su señorío, en todos los puntos, sin ningún término medio. Confesar a Cristo significaba entrar en conflicto con el estadismo, particularmente en las provincias donde se requería el culto oficial a César para la transacción de los asuntos diarios. No reconocer las afirmaciones del estado resultaría en dificultades económicas y la ruina, y a menudo prisión, tortura y muerte.

Algunos cristianos transaron: "Claro, Jesús es Dios. Yo le adoro en la iglesia y en el culto privado. Pero todavía puedo conservar mi empleo y mi posición en el sindicato, aunque requieren que yo rinda homenaje técnico a las deidades paganas. Es un mero detalle: después de todo, yo todavía creo en Jesús de corazón ...". Pero el señorío de Cristo es universal, y la Biblia no distingue entre el corazón y la conducta. Jesús es Señor de todo. Para reconocerle verdaderamente como Señor, debemos servirle en todas partes. Este es el principal mensaje de Apocalipsis, y el que los cristianos de Asia necesitaban desesperadamente escuchar. Vivían en el corazón mismo del trono de Satanás, el asiento del culto al emperador; Juan escribía para recordarles a su verdadero Rey, la posición de ellos con Él como reyes y sacerdotes, y la necesidad de perseverar en términos de su palabra soberana.

El tema

El propósito de Apocalipsis era revelar a Cristo como Señor a una iglesia sufriente. Puesto que estaban siendo perseguidos, los primeros cristianos podían sentirse tentados a temer que el mundo estuviera quedándose sin control - que Jesús, que había reclamado "toda autoridad ... en el cielo y en la tierra" (Mat. 28:18), en realidad no estuviese en control en absoluto. A menudo, los apóstoles advertían contra este error centrado en el hombre, recordándole a la gente que la soberanía de Dios es sobre toda la historia (incluyendo nuestras tribulaciones particulares). Esta era la base de algunos de los más hermosos pasajes de consuelo en el Nuevo Testamento (por ejemplo, Rom. 8:28-39; 2 Cor. 1:3-7; 4:7-15).

La principal preocupación de Juan al escribir el libro de Apocalipsis era justamente esto: fortalecer la comunidad cristiana en la fe del señorío de Jesucristo, para que se dieran cuenta de que las persecuciones que sufrían estaban íntegramente involucradas en la gran guerra de la historia. El Señor de la gloria había ascendido a su trono, y los impíos gobernantes ahora resistían su autoridad persiguiendo a sus hermanos. El sufrimiento de los cristianos no era una señal de que Jesús había abandonado este mundo al diablo; más bien, el sufrimiento revelaba que Jesús era Rey. Si el señorío de Jesús hubiese sido históricamente carente de significado, los impíos no habrían tenido ninguna razón en absoluto para molestar a los cristianos. Pero, en lugar de eso, los impíos perseguían a los seguidores de Jesús, mostrando su involuntario reconocimiento de la supremacía de Jesús sobre el gobierno de ellos. El libro de Apocalipsis presenta a Jesús montado sobre un caballo blanco como "Rey de reyes y Señor de señores" (19:16, combatiendo contra las naciones, juzgando y haciendo guerra en justicia. Los cristianos perseguidos no estaban en absoluto abandonados por Dios. En realidad, estaban en la línea del frente en el conflicto de los siglos, un conflicto en que Jesucristo ya había ganado la batalla decisiva. Desde su resurrección, toda la historia ha sido una operación de "limpieza", en la cual las implicaciones de su obra están siendo implementadas gradualmente en todo el mundo. Juan es realista: las batallas no serán fáciles, ni los cristianos saldrán indemnes. A menudo serán sangrientas, y gran parte de la sangre será nuestra. Pero Jesús es Rey, Jesús es Señor, y (como dice Lutero) "Él tiene que ganar la batalla". El Hijo de Dios sale a la guerra, conquistando y a conquistar, hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies.

Así, pues, el tema del Apocalipsis era contemporáneo, es decir, fue escrito a y para los cristianos que vivían en la época en que se entregó por primera vez. Estábamos equivocados al interpretarlo futurísticamente, como si su mensaje estuviese dirigido principalmente a un tiempo 2000 años después de cuando Juan lo escribió. (Es interesante - pero no sorprendente - que los que interpretan el libro "futurísticamente" siempre parecen enfocarse en su propia época como el tema de la profecía). Convencidos de su propia importancia, son incapaces de pensar en sí mismos como viviendo en cualquier otra época diferente del clímax de la historia). Por supuesto, los sucesos que Juan predijo estaban "en el futuro" para Juan y sus lectores; pero ocurrieron poco tiempo después de que él escribió acerca de ellos. Interpretar el libro de otra manera es contradecir tanto el alcance de la obra como un todo como los pasajes particulares que indica su tema. Para nosotros, la mayor parte del Apocalipsis (es decir, todo, excepto unos pocos versículos que mencionan el fin del mundo) es historia: ya sucedió. Esto puede ser un verdadero desengaño para los que esperaban experimentar algunas de las emocionantes escenas del libro; así que, para ellos, tengo una pequeña palabra de consuelo: Alégrense - ¡las abejas asesinas todavía están en camino al norte! Además, la bestia tiene un ejército de modernos imitadores, así que ustedes todavía tienen una oportunidad de ser decapitados. Desafortunadamente, los que habían abrigado la esperanza de escapar a los fuegos artificiales en el rapto no tienen tanta suerte. Tendrán que avanzar con dificultad hacia la victoria junto con el resto de nosotros.

La iglesia primitiva tenía dos grandes enemigos: el Israel apóstata y la Roma pagana. Muchos cristianos murieron a manos de ellos (en realidad, estos dos enemigos de la iglesia a menudo cooperaban el uno con el otro ejecutando cristianos, como lo habían hecho en la crucifixión del mismo Señor). Y el mensaje de Apocalipsis era que estos dos perseguidores, inspirados por Satanás, pronto serían juzgados y destruidos. Su mensaje era contemporáneo, no futurista.

Algunos se quejarán de que esta interpretación convierte a Apocalipsis en "irrelevante" para nuestro tiempo. Una idea más errónea es inimaginable. ¿Son irrelevantes los libros de Romanos y Efesios sólo porque fueron escritos para los creyentes del siglo primero? ¿Deben ser hechos a un lado los libros de 1 Corintios y Gálatas porque tratan de problemas del siglo primero? ¿No es toda la Escritura útil para los creyentes en todas las épocas (2 Tim. 3:16-17)? En realidad, son los futuristas los que han convertido a Apocalipsis en irrelevante - porque, en la hipótesis futurista, ¡el libro ha sido inaplicable desde el momento en que fue escrito hasta el siglo veinte! Sólo si vemos a Apocalipsis en términos de su relevancia contemporánea es el libro cualquier cosa menos letra muerta. Desde el comienzo, Juan dijo que el libro estaba dirigido a "las siete iglesias que están en Asia" (1:4), y tenemos que suponer que quería decir lo que estaba diciendo. Claramente, esperaba que hasta los más oscuros símbolos de la profecía fuesen comprendidos por sus lectores del siglo primero (13:18). Ni una sola vez dio a entender que su libro fue escrito teniendo en mente el siglo veinte, y que los cristianos estarían desperdiciando el tiempo intentando descifrarlo hasta que se inventasen las estaciones espaciales. La principal relevancia del libro de Apocalipsis era para sus lectores del siglo primero. Todavía es relevante para nosotros hoy día al entender nosotros su mensaje y aplicar sus principios a nuestras vidas y nuestra cultura. Jesucristo todavía demanda de nosotros lo que demandaba de la iglesia primitiva: absoluta fidelidad hacia él.

Pueden señalarse aquí varias líneas de evidencia en favor de la naturaleza contemporánea de Apocalipsis. Primera, está el tono general del libro, que trata de los mártires (véase, por ejemplo, 6:9; 7:14; 12:11). El tema es claramente la actual situación de las iglesias: el Apocalipsis se escribió a una iglesia sufriente para consolar a los creyentes durante su tiempo de prueba.

Segunda, Juan escribe que el libro concierne a "las cosas que deben suceder pronto" (1:1), y advierte que "el tiempo está cerca" (1:3). En caso de que se nos escape, Juan dice nuevamente, al final del libro, que "el Señor, el Dios de los espíritus de los profetas, envió a su ángel para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto" (22:6). Dado que una prueba importante de un verdadero profeta reside en el hecho de que sus predicciones se cumplan (Deut. 18:21-22), los lectores de Juan del siglo primero tenían toda la razón de esperar que su libro tuviese importancia inmediata. Simplemente, no se puede hacer que las palabras pronto y cerca  signifiquen nada diferente de lo que dicen. Si yo le digo a usted: "Estaré allí pronto", y no me aparezco en 2000 años, ¿no diría usted que yo estoy siendo un poquito tardío? Algunos objetarán a esto basándose en 2 Pedro 3:8, que dice que "para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día". Pero el contexto allí es enteramente diferente: Pedro nos está exhortando a tener paciencia con respecto a las promesas de Dios, asegurándonos que la fidelidad de Dios a su santa Palabra no se gastará ni disminuirá.

El libro de Apocalipsis no es sobre la Segunda Venida. Es sobre la destrucción de Israel y la victoria de Cristo sobre Roma. En realidad, la palabra venida, como se usa en el libro de Apocalipsis, jamás se refiere a la Segunda Venida. Apocalipsis profetiza el juicio de Dios sobre los dos antiguos enemigos de la iglesia; y aunque pasa a describir brevemente ciertos sucesos del fin del tiempo, esa descripción es meramente un "resumen" para mostrar que los impíos jamás prevalecerán contra el reino de Cristo. Pero el foco principal de Apocalipsis es sobre sucesos que habrían de tener lugar pronto.

Tercera, Juan identifica ciertas situaciones como contemporáneas: en 13:18, Juan anima claramente a sus lectores contemporáneos a calcular el "número de la bestia" y a descifrar su significado; en 17:10, uno de los siete reyes está actualmente en el trono; y Juan nos dice que la gran  ramera "es [tiempo verbal presente] la gran ciudad, que reina [tiempo verbal presente] sobre los reyes de la tierra" (17:18). Repetimos, el propósito era que Apocalipsis se entendiese en términos de su importancia contemporánea. Una interpretación futurista es completamente opuesta a la manera en que el mismo Juan interpreta su propia profecía.

Cuarta, debemos notar cuidadosamente las palabras del ángel en 22:10: "No selles las palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está cerca". Por supuesto, nuevamente se nos dice explícitamente que la profecía es de naturaleza contemporánea; pero hay más. La declaración del ángel contrasta con el mandamiento que recibió Daniel el final de su libro: "Cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin" (Dan. 12:4). A Daniel se le ordenó específicamente que sellara su profecía, porque se refería al "tiempo del fin", al futuro distante. Pero a Juan se le dijo que no sellara su profecía, ¡porque el tiempo del cual hablaba estaba cerca!

Así, pues, la atención del libro de Apocalipsis se centra en la situación contemporánea de Juan y sus lectores del siglo primero. Se escribió para mostrar a aquellos cristianos primitivos que Jesús es Señor, "que gobierna sobre los reyes de la tierra" (Apoc. 1:5). Muestra que Jesús es la clave de la historia mundial - que nada puede ocurrir aparte de su soberana voluntad, que él será glorificado en todas las cosas, y que sus enemigos morderán el polvo. Los cristianos de esa época se sentían tentados a transar con el estadismo y las falsas religiones de su tiempo, y necsitaban este mensaje del absoluto dominio de Cristo sobre todos, para que se sintieran fortalecidos en la lucha a la cual habían sido llamados.

Y nosotros también necesitamos este mensaje. Nosotros también estamos sujetos diariamente a las amenazas y las seducciones de los enemigos de Cristo. A nosotros también se nos pide - aun de parte de otros cristianos - a transar con las modernas bestias y rameras para salvarnos (o salvar nuestros empleos, nuestras propiedades, o nuestra exención de impuestos). Nosotros también nos enfrentamos a una elección: rendirnos a Jesucristo o rendirnos a Satanás. Apocalipsis habla poderosamente de los temas en discusión a los que nos enfrentamos hoy día, y su mensaje para nosotros es el mismo que para la iglesia primitiva: que no hay una sola pulgada de terreno neutral entre Cristo y Satanás, que nuestro Señor demanda sumisión universal a su gobierno, y que Jesús ha predestinado a su pueblo a una victoriosa conquista y un victorioso dominio sobre todas las cosas en su nombre. No debe haber ninguna transacción y no se debe dar cuartel en la gran batalla de la historia. Se nos ordena ganar.

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