Philip Mauro
LAS SETENTA SEMANAS Y
LA GRAN TRIBULACIÓN

Un estudio de las dos últimas visiones de Daniel y del
discurso del Señor Jesucristo en el Monte de los Olivos

Philip Mauro
(1921)


CAPÍTULO 11

"LOS ENTENDIDOS COMPRENDERÁN"
¿TIENEN ESTAS PROFECÍAS UNA APLICACIÓN FUTURA?


Hemos reservado los versículos 9 y 10 hasta ahora para que podamos discutir juntas todas las medidas de tiempo. Así, pues, hemos llegado finalmente a la respuesta que recibió la pregunta de Daniel (Dan. 12:8). "¿Cuál será el fin de estas cosas?" Pero no le tocaba a Daniel conocer esto, porque la respuesta fue: "Anda, Daniel, pues estas palabras están cerradas y selladas hasta el tiempo del fin. Muchos serán limpios, y emblanquecidos y purificados; los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá, pero los entendidos comprenderán".

He aquí uno de esos casos de los que habla Pedro, en que el profeta escudriñó e inquirió diligentemente lo que el Espíritu de Cristo quería decir, y en que al profeta no le fue dado conocer las cosas que fueron testificadas con anterioridad.  Porque, mientras que a Daniel se le hizo entender gran parte de lo que habría de ocurrir durante el segundo período de la historia judía, había cuestiones relacionadas con la etapa final de ella que debían ser selladas hasta que se cumpliera el tiempo del fin, cuando Cristo mismo las revelaría y eso no a todos, sino solamente a los "entendidos".

En este examen del pasaje, podemos ver claramente un maravilloso cumplimiento de él en las cosas que tuvieronlugar en los días de Cristo, como está registrado en los evangelios. Porque estas narraciones inspiradas presentan vívidamente el contraste entre lo que nuestro Señor llamó repetidamente una generación "malvada", y los pocos que le siguieron y fueron hechos "entendidos" por medio de su doctrina. Este contraste aparece claramente en estas bien conocidas palabras registradas por Mateo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños" (Mat. 11:25). Aquí los "niños" son los que eran verdaderamente "entendidos", y de ellos está registrado que, después de la resurrección de Jesús, "les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras" (Luc. 24:45). Además, fue a ellos a quienes dio aquellas revelaciones especiales concernientes a la entonces cercana destrucción de Jerusalén, lo cual forma la segunda parte de nuestro presente estudio, y arroja luz sobre las profecías del libro de Daniel.

Por consiguiente, aquí tenemos un registro conspicuo e inspirado de una época particular, los días de Cristo, cuando les fue dado a los espiritualmente "entendidos" "entender" estas mismas cosas con respecto a las cuales Daniel preguntó con tanta ansiedad; y esto también era "el tiempo del fin" de esa misma porción de la historia judía con la cual se relaciona la profecía. Y no sólo eso, sino que, en ese mismo tiempo, hubo otra compañía llamada expresamente
"mala" por Cristo mismo (Mat. 12:45 y etc.), una generación que continuó "haciendo lo malo", hasta el punto de apoderarse de su propio Mesías y ejecutarlo con "manos impías". ¿Cómo podría haber un cumplimiento más notable de las palabras: "los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá"? Esas palabras seguramente apuntan a algo muy definido, y muy importante. Es verdad que en una profecía como ésta el Espíritu de Dios no malgastaría palabras prediciendo algo lógico, como que los impíos en general harán obras malas en general. No, lo que se contemplaba era algún acto particular y monumental de maldad y además, un acto que sería perpetrado por una generación de personas que se caracterizarían especialmente por una falta de comprensión de lo que estaba ocurriendo en sus días. De hecho, era la misma acción de impiedad que está predicha en Daniel 9:24 como poner fin al pecado. El cumplimiento de esta parte de la profecía requiere justamente una acción como la que describe Pablo cuando dice de los judíos y sus líderes: "No conociendo a Jesús, ni las palabras de los profetas que se leen todos los días de reposo, las cumplieron al condenarle" (Hech. 13:27).

El ingenio de los expositores se ha visto exigido grandemente en sus esfuerzos por aplicar estas palabras a los días finales de nuestro propio tiempo. Somos muy conscientes de la natural propensión de la mente a echar mano de pasajes como éste y de buscar un cumplimiento en los últimos días de esta presente dispensación; sin embargo, parece extraño que el simple cumplimiento, al cual estamos llamando la atención aquí, sea pasado por alto tan a menudo. Todo expositor de tiempos recientes, que tiene qu defender un esquema de interpretación de las profecías de Daniel, inevitable y amablemente cita las palabras "los entendidos comprenderán" como si constituyeran una prueba convincente de lo correcto de su propio esquema. Porque considera las palabras "el tiempo del fin" en el sentido del fin de nuestra propia dispensación (como si ella fuera la única época que tuviese un "fin") y luego, además, da por sentado que él es uno de los "entendidos" a los cuales se les he dado especialmente que "comprendan" estas cosas anteriormente ocultas. Pero estamos persuadidos de que mucho de lo que actualmente pasa por "comprensión" de estas cosas no es sino una errónea interpretación, después de todo; y que algunos de los que se consideran "entendidos" con respecto a ello son lo contrario en gran medida.

Muchos purificados y emblanquecidos. También deseamos llamar la atención directamente a las importantes palabras: "Muchos serán limpios, y emblanquecidos y purificados", que están en aposición a las palabras "pero los impíos procederán impíamente". Es fácil identificar a los que, en los últimos días de la vida nacional judía, fueron "purificados y emblanquecidos" por la sangre de Cristo, y también a los que fueron "purificados" severamente por la fe que profesaban. Y nuevamente decimos que tales palabras, en una profecía como ésta, requieren un cumplimiento especial y definido, porque quedan virtualmente privadas de todo significado si se interpretan de manera tal que se apliquen a cualquier período y a todos ellos. El cumplimiento que estas palabras requieren se encuentra en los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles. Allí leemos acerca de "millares" que fueron salvos, acerca de "muchos" de los sacerdotes que se hicieron obedientes a la fe, acerca de "multitudes, tanto de hombres como de mujeres", que se volvieron al Señor. Éstos fueron purificados y emblanquecidos; y luego fueron probados "como con fuego"; pero a éstos (porque eran los "entendidos") les fue dado que "comprendiesen" las cosas que habrían de sobrevenir a su ciudad y su santuario en "el fin".

Pero, en contraste con esto, la historia ha preservado la más impresionante evidencia del hecho de que ninguno de los impíos (los que rechazaron a Cristo y a su evangelio, y mataron a los mensajeros que Él les envió) entendió lo que vendría. Por el contrario, hasta el mismo día de la captura del templo por los romanos, fueron engañados por falsos profetas, y buscaban fatuamente una intervención milagrosa que les ayudase. En cuanto a esto, tenemos el testimonio de un testigo sumamente competente e imparcial, Josefo, que dice:

"Un falso profeta fue la ocasión para la destrucción de aquella gente. Éste (el profeta) había proclamado públicamente en la ciudad ese mismo día que Dios les había mandado subirse al templo, y que recibirían señales milagrosas de su liberación. Ahora bien, había un gran número de falsos profetas que habían sido sobornados por los tiranos para que anunciaran al pueblo que debían esperar una liberación de parte de Dios" (Wars V, 11, 2, y VI. 5, 2).

Pero "los entendidos", los que estaban iluminados por la palabra de Cristo y por el Espíritu de Dios sí entendieron la profecía y sí buscaron su seguridad, de lo cual nos proponemos hablar en detalle cuando lleguemos a la profecía de nuestro Señor en el Monte de los Olivos.

Así, pues, se verá que, en nuestra búsqueda del cumplimiento de todos los detalles de la profecía, no sólo nos limitan los términos de ella a la época de la historia judía anterior a la captura de Jerusalén por los romanos y la dispersión del pueblo santo, sino que podemos, con la ayuda de la Escritura misma y los registros auténticos contemporáneos, hallar un cumplimiento completo y digno de cada uno de esos detalles en los estupendos sucesos de aquella época.

La última palabra de la profecía, y del libro, es una palabra de consuelo personal para Daniel: "Y tú irás hasta el fin, y reposarás, y te levantarás para recibir tu heredad al fin de los días".

Para un israelita, la "heredad" significaría su porción o herencia. Así que a Daniel se le da  la certeza de que todas estas calamidades no limitarían su "reposo" ni su herencia. Así, pues, fue sustentado para que escuchara y registrara esas maravillas, con el consuelo con el cual fue consolado por Dios.

Esto cierra el "libro del profeta Daniel", pero el tema concerniente al cual él profetizó, o más bien, concerniente al cual se le dio una revelación desde el cielo -- la destrucción y las desolaciones de Jerusalén bajo el juicio de Dios -- fue recogido por el Señor Jesucristo, y se convirtió en el tema de su propia última profecía. Por consiguiente, podemos correctamente considerar la profecía de Daniel como introducción al discurso de Jesús en el Monte de los Olivos, y a éste último como cumplimiento de la profecía de Daniel.

¿TIENEN ESTAS PROFECÍAS UNA APLICACIÓN FUTURA?

En las páginas anteriores, hemos tratado de ofrecer la verdadera interpretación de los cuatro últimos capítulos de Daniel. Al hacerlo, hemos procurado demostrar que "los últimos días", en los cuales la última de esas profecías habría de cumplirse expresamente, fue aquel período final de la historia judía que se extendió desde el regreso de Babilonia en los días de Ciro hasta la destrucción de Jerusalén por Tito; y también demostrar que "el tiempo del fin" de que habla Daniel 12:4 era la última etapa de aquel período, incluyendo los días de Cristo, y el tiempo de la predicación del evangelio que siguió.

Pero el tema no debe dejarse sin alguna referencia a la cuestión de si estas profecías tienen alguna aplicación en absoluto a la dispensación actual. Estamos profundamente convencidos de que no hay nada en absoluto que justifique separar las últimas partes de estas profecías y llevar las porciones desprendidas a través de los siglos subsiguientes y hasta el fin de esta dispensación evangélica. Hasta donde podemos descubrir, no hay nada en la Escritura que apoye este caprichoso sistema de interpretación. Pero, ¿no hay, sin embargo, alguna posibilidad de que las profecías, o por lo menos parte de ellas, puedan tener un cumplimiento secundario y final en los últimos días de nuestra era?

Esta pregunta no puede ser desestimada como indigna de una seria consideración, en vista de que muchos de los más capaces expositores han elaborado sistemas de interpretación en los cuales se considera que las medidas de tiempo de Daniel, en la escala de día por año, miden desde varias épocas en el pasado hasta varios sucesos críticos en esta dispensación. Esas medidas de tiempo se han usado especialmente para ubicar la segunda venida de Cristo y otros sucesos que pertenecen al tiempo del fin de esta era actual. Algunas veces, los períodos son medidos en la escala de un año lunar, algunas veces en la escala de un año solar, algunas veces en la escala de un año calendario (contando 360 días como un año). H. Grattam Guinness, en sus bien conocidos libros The Approaching End of the Age, y Light for the Last Days, usa todas las tres escalas y parece obtener notables resultados cualquiera que sea la escala que emplea. Así, parece que, en muchos casos, estas cifras parecen dar las medidas de tiempo entre sucesos históricos antiguos y sucesos correspondientes en nuestra propia época. Todo esto sugiere la posibilidad de que las cifras dadas en el capítulo 12 de Daniel, cuando se consideran como años en lugar de días, pueden medir con precisión desde algún punto de partida elegido, digamos la caída (o el surgimiento) del papado como poder temporal, o del islamismo, o hasta la Revolución Francesa, o hasta el estallido de la Guerra Mundial, o hasta la toma de Jerusalén de manos de los turcos. Tales estudios no carecen de interés y valor; pero, en nuestra opinión, no nos proporcionan una base para predecir la fecha de ninguno de los sucesos futuros; y declaramos de lo más enfáticamente que, en nuestro juicio, ninguna de estas cifras ni ninguna otra se han dado como un medio por el cual pueda calcularse la fecha de la segunda venida del Señor Jesucristo. A este juicio somos llevados por las propias medidas de Él en su profecía del Monte de los Olivos, que ahora estamos a punto de examinar. Por estas aseveraciones, se verá claramente que, aunque, por una parte, el Señor advirtió a sus discípulos muy explícitamente en relación con los juicios de exterminio que caerían sobre el pueblo, la ciudad y el templo en aquella generación, y aunque Él les dio una señal inconfundible por la cual podrían ser advertidos de la cercanía de aquello con tiempo para que escapasen, por otra parte, se tomó mucho trabajo para hacer énfasis en que su propia venida por segunda vez sería en un momento inesperado, y
en absoluto sin ninguna señal premonitoria.

Además, es obvio que,para medir largos períodos de tiempo desde un punto de partida en los días del Antiguo Testamento, es necesario tener una cronología correcta; y la práctica de todos los que han hecho cálculos de la clase a la que aludimos ha sido asumir uno u otro de los sistemas cronológicos existentes basados en el canon de Ptolomeo, que Anstey ha demostrado que es erróneo, o por lo menos no confiable. Y en relación con esto, diremos que nuestra confianza en todos los cálculos de la clase a que aludimos está sacudida en gran medida por el hecho de que cada esquema de interpretación produce resultados igualmente notables ya sea que se elija un sistema de cronología u otro, y ya sea que el "año" se considere como de 365, o 360, o 354 días (siendo este último la duración de un año lunar). Ahora bien, por cuanto es manifiestamente imposible que todas las diferentes cronologías basadas en el canon de Ptolomeo sean igualmente correctas, o que sea indiferente que el año, que es la unidad de tiempo en todos estos cálculos, sea de una duración u otra, no podemos hallar en tales sistemas de interpretación ninguna base lo bastante sólida para sustentar conclusiones establecidas. Por consiguiente, en cuanto al tiempo de cualquiera de las profecías que todavía están por cumplirse, no tenemos ningún medio de fijar, y ni siquiera aproximarnos a, el año  en que ocurrirán, y esta aseveración se aplica de manera especial a la segunda venida del Señor Jesucristo.

Y finalmente, después de meditarlo mucho, y con el deseo (que debe ser común a todos) de que pudiéramos tener una línea de medición divinamente inspirada y un punto de partida por el cual fuuros sucesos pudieran ser ubicados con precisión en el mapa de los años, diremos que no logramos ver suficiente justificación para suponer que los "días" mencionados en estas profecías son realmente "años". No nos tomaremos el tiempo para examinar las razones que por lo general se dan en apoyo de esa suposición, siendo suficiente decir que no sabemos de ninguna prueba de que la palabra "día", en ninguna medida de tiempo dada en la Biblia, signifique "año"; ni podemos concebir ninguna razón de por qué, si se quisiera significar un año, se usara la palabra "día" en su lugar.

El caso de las "setenta semanas" de Daniel 9:24 no es un caso de hacer que la palabra "día" represente un año; porque la palabra significa una héptada o un siete, que podría ser de días o de años, y que en este caso el suceso demuestra que son años.

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