DÍAS DE RETRIBUCIÓN
Una exposición del libro de Apocalipsis

Título de la obra en inglés:
Days of Vengeance
Por David Chilton

Tomado de Freebooks


Parte Cinco

15

LAS SIETE POSTRERAS PLAGAS

El cántico de victoria (15:1-4)

1 Vi en el cielo otra señal, grande y admirable: siete ángeles que tenían las siete plagas postreras; porque en ellas se consumaba la ira de Dios.
2 Vi también como un mar de vidrio mezclado con fuego; y a los que habían alcanzado la victoria sobre la bestia y su imagen, y su marca y el número de su nombre, en pie sobre el mar de vidrio, con las arpas de Dios.
3 Y cantan el cántico de Moisés siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos.
4 ¿Quién no te temerá, oh Señor, y glorificará tu nombre? pues sólo tú eres santo; por lo cual todas las naciones vendrán y te adorarán, porque tus juicios se han manifestado.
1 Ahora Juan nos habla de otra señal en el cielo, grande y maravillosa. Dos veces antes nos ha mostrado una gran señal en el cielo: la mujer vestida de sol (12:1), y el gran dragón escarlata (12:3). Como dice Farrer, es "como si todo en 12-14 hubiese sido el resultado de aquel terrible conflicto, y el siguiente acto fuera a comenzar ahora". 1 Esta nueva señal inicia el clímax del libro: siete plagas, que son las últimas, porque en ellas se consuma la ira de Dios. No hay razón para suponer que éstas deben ser las "últimas" plagas en un sentido universal; más bien, en términos del propósito y el alcance específicamente limitados del libro de Apocalipsis, ellas comprenden el derramamiento final de la ira de Dios, su gran juicio cósmico contra Jerusalén, aboliendo de una vez por todas el orden mundial del Antiguo Testamento. Como la de las siete trompetas, esta serie de juicios ha de ser ejecutada por siete ángeles (como veremos en el siguiente capítulo, hay varios paralelos entre las proclamaciones hechas con el sonido de las trompetas y las libaciones derramadas de las copas). Esta declaración inicial es más o menos el membrete del resto del libro, y se explica en los siguientes versículos:

2 Comienza la visión: Juan ve, por decirlo así, un mar de vidrio, el mar de cristal delante del trono de Dios (4:6), que corresponde al "embaldosado" de zafiro visto por Moisés en la Montaña Sagrada (Éx. 24:10), la "expansión" de cristal azul a través de la cual pasó Ezequiel en su ascensión a la Nube de Gloria (Eze. 1:26), y el mar de bronce (el lavatorio) en el templo (1 Reyes 7:23-26). En esta visión, sin embargo, el mar ya no es azul, sino rojo: El vidrio está mezclado con fuego. La imagen enlaza esta visión con la escena del capítulo 14, la del gran río de sangre que fluía a lo largo de toda la tierra, un verdadero Mar Rojo, por medio del cual han sido librados los justos, pero en el cual fueron destruídos sus enemigos. Ahora Juan presenta a los santos regocijándose al borde del agua como Moisés y los israelitas se regocijaron después del cruce del Mar Rojo original (Éx. 14:30-31; 15:1-21), victoriosos sobre el monstruo del abismo; literalmente, son los que han vencido, los conquistadores, "porque es el carácter permanente de 'conquistador' sobre lo que se hace énfasis, no sobre el hecho de la conquista".
2 La descripción de su conquista es triple: han salido victoriosos sobre la bestia y su imagen y sobre el número de su nombre.

A la orilla del mar, en el borde de la fuente, los conquistadores ofrecen alabanza: De pie sobre el mar de vidrio, sosteniendo arpas de Dios, comprenden el nuevo coro sacerdotal del templo que está de pie en el lavatorio, por el cual fueron santificados. Pablo describió la liberación en el Mar Rojo como un "bautismo" del pueblo de Dios (1 Cor. 10:1-2), y la tribulación era en verdad el bautismo de fuego de la Iglesia: "Así, pues, la gran fuente de vidrio del mar se ve 'llena de una mezcla ardiente'. Aquéllo a través de lo cual los israelitas pasan para su salvación, sus perseguidores experimentan para su destrucción; Faraón y sus huestes perecen en las aguas que regresan. Y así, sabemos que el bautismo de fuego debe caer sobre el pueblo del anticristo; la visión de las fuentes [copas] nos mostrará cómo". 3

Otro aspecto interesante de la imagen del lavatorio procede del relato del cronista sobre la dedicación del templo por el rey Salomón: "Se puso luego Salomón delante del altar de Jehová, en presencia de toda la congregación de Israel, y extendió sus manos. Porque Salomón había hecho un estrado,4 de bronce de cinco codos de largo, de cinco codos de ancho y de altura de tres codos, y lo había puesto en medio del atrio; y se puso sobre él, se arrodilló delante de toda la congregación de Israel, y extendió sus manos al cielo" para ofrecer la oración de dedicación (2 Crón. 6:12-13). Este no era el gran lavatorio en la esquina sudeste del templo (cuyas dimensiones están registradas en 2 Crón. 4:2-5), sino uno de varios lavatorios de bronce construídos por Salomón (comp. 2 Crón. 4:6, 14). Salomón se puso de pie sobre este "mar" delante del altar, y ofreció su súplica, dando gracias a Dios por sus poderosas obras, invocando sus justos juicios, y rogándole la conversión de todas las naciones (2 Crón. 6:14-42); comp. Apoc. 15:3-4). Inmediatamente después, leemos: "Cuando Salomón acabó de orar, descendió fuego de los cielos, y consumió el holocausto y las víctimas; y la gloria de Jehová llenó la casa. Y no podían entrar los sacerdotes en la casa de Jehová, porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Jehová" (2 Crón. 7:1-2). De manera similar, al final de la oración de los santos que están de pie sobre el mar, a los siete ángeles se les dan copas llenas de ira ardiente, que caerán sobre la tierra para consumir al Israel apóstata como holocausto entero; la gloria llena el templo, y nadie puede entrar sino hasta que el sacrificio es consumido (Apoc. 15:5-8).

Otro pasaje paralelo a éste es el de Zacarías 12, que presenta a Jerusalén como una copa de ebriedad para las naciones (Zac. 12:2; comp. Apoc. 14:8-10), un lavatorio de fuego que consumirá a los paganos (Zac. 12:6; Apoc. 15:2). La ironía del Apocalipsis, como hemos visto repetidamente, es que el mismo Israel del siglo primero ha tomado el lugar de las naciones paganas en las profecías: Es consumido en el lavatorio ardiente - el lago de fuego - mientras que la Iglesia, habiendo pasado a través del holocausto, hereda la salvación.

3 En la Introducción a la Parte 5, vimos que el Cántico de Moisés ... y del Cordero se refiere al Cántico de Testimonio que Moisés y Josué (=Jesús, el Cordero) les enseñaron a los hijos de Israel en la frontera de la Tierra Prometida (Deut. 31-32). Sin embargo, la imagen es tomada de Éxodo 15, que registra el cántico de triunfo de Moisés por la derrota de Faraón y su ejército en el Mar Rojo (otras dos paráfrasis bíblicas del cántico de Moisés en Éxodo son Isaías 12 y Habacuc 3). Es importante notar que ambos cánticos de Moisés están firmemente arraigados en la historia: Ambos proclaman que la salvación que Dios proporciona es su victoria en este mundo, sobre los paganos de este mundo. Estos santos por medio de Cristo son vencedores, en el tiempo y en la tierra. Como dice R. J. Rushdoony: "La tierra es del Señor, y el área de su victoria. La disputa de la batalla del reino no será más una huída de la historia de lo que fueron la encarnación y la expiación. Dios el Hijo no entró en la historia para rendirla. Vino a redimir a sus elegidos, afirmar sus derechos a la corona, hacer manifiestas las implicaciones de su victoria, y luego re-crear todas las cosas en términos de su voluntad soberana". 5

En realidad, el texto de Juan del cántico de Moisés no cita ni a Éxodo 15 ni a Deuteronomio 32, aunque algunas de sus frases contienen débiles ecos de éste último; sin embargo, como observa Farrar, "es característico de Juan contentarse con hacer las referencias; el hermoso salmo que pone en las bocas de los santos es una combinación de frases tomadas de todo el salterio y de otros lugares". 6 Edersheim comenta la relación de esta escena con los servicios sabáticos en el templo: "Es el sábado de la Iglesia; y, como ocurre en el sábado, además del salmo del día [Sal. 92] en el sacrificio regular, cantaban en el sacrificio sabático adicional [Núm. 28:9-10], en la mañana, el Cántico de Moisés, en Deuteronomio 32, y en la tarde el de Éxodo 15, así que la Iglesia victoriosa celebra su verdadero sábado de reposo cantando el mismo 'Cántico de Moisés y del Cordero', sólo que en lenguaje que expresa el significado más pleno de los cantos sabáticos en el templo". 7

Probablemente es imposible seguir completamente el rastro a las alusiones al Nuevo Testamento en el Cántico, pero por lo menos he anotado algunas de ellas: Grandes y maravillosas son tus obras, oh Señor Dios Todopoderoso (Éx. 34:10, Deut. 32:3-4; 1 Crón. 16:8-12; Sal. 92:5; 111:2; 139:14; Isa. 47:4; Jer. 10:16; Amos 4:13; comp. Apoc. 1:8); Juan dice claramente que los santos no están meramente haciendo una afirmación general de hecho, sino que se refieren específicamente a los "grandes y maravillosos" juicios finales en los cuales "la ira de Dios es consumada" (15:1). Justos y verdaderos son tus caminos (Deut. 32:4; Sal. 145:17; Oseas 14:9); nuevamente, se dice que Dios es "justo y verdadero" con referencia especial a sus juicios salvadores, librando a la Iglesia y destruyendo a sus enemigos (comp. 16:7). "En tiempo de tribulación en la tierra, cuando el poder del mundo parece triunfar sobre la iglesia, a menudo ella ha sido inducida a dudar de la grandeza de las obras de Dios, la  justicia y la verdad de sus caminos; a dudar de si Él era realmente el rey de los paganos. Ahora esta duda queda en vergüenza; es disipada por las obras; las nubes, que velaban la gloria de Dios ante sus ojos, se desvanecen por completo". 8 Tú eres rey de las naciones (Sal. 22:28; 47:2, 7-8; 82:8; comp. 1 Tim. 1:17; 6:15; Apoc. 1:5; 19:16); como gobernante de todas las naciones, Él mueve todos los ejércitos de la tierra para cumplir sus propósitos en juicio; Él los aplasta por su rebelión; y los trae al arrepentimiento.

4 ¿Quién no te temerá, oh Señor, y glorificará tu nombre? (Éx. 15:14-16; Jer. 10:6-7; comp. Apoc. 14:7); esto significa, en lenguaje más familiar: ¿Quién no se convertirá? ¿Quién no servirá a Dios, no le adorará, y no le obedecerá? La implicación clara (que se hará explícita en la siguiente frase) es la de que la abrumadora mayoría de todos los hombres vendrá a la salvación que Dios ha proporcionado en Cristo Jesús. Esta es la gran esperanza de los padres del Antiguo Pacto, como lo atestiguan numerosos pasajes. Pues sólo tú eres santo (Éx. 15:11; 1 Sam. 2:2; Sal. 99:3, 5, 9; Isa. 6:3; 57:5, 15; Oseas 11:9; comp. Mat. 19:17; 1 Tim. 6:16). En la Escritura, la "santidad" de Dios se refiere a menudo no tanto a sus cualidades éticas cuanto a su majestad única, su absoluta trascendencia y su "cualidad de ser diferente". Pero esta misma "inaccesibilidad" se expresa aquí como la razón precisa de su inmanencia, su cercanía, su accesibilidad para todos los pueblos. La doctrina es declarada positivamente: Porque todas las naciones vendrán y te adorarán, porque tus juicios se han manifestado (1 Crón. 16:28-31; Sal. 2:8; 22:27; 65:2; 66:4; 67:1-7; 86:8-9; 117:1; Isa. 26:9; 66:23; Jer. 16:19); la conversión de todas las naciones es tanto la meta última como el resultado inevitable de los juicios de Dios. La caída de Israel, le está diciendo Juan a la Iglesia, traerá la salvación del mundo (y Pablo extiende la lógica: La caída de Israel debe, por lo tanto, producir eventualmente su propia restauración al pacto; Rom. 11:11-12, 15, 23-32).

El santuario es abierto (15:5-8)

5 Después de estas cosas miré, y he aquí fue abierto en el cielo el templo del tabernáculo del testimonio;
6 y del templo salieron los siete ángeles que tenían las siete plagas, vestidos de lino limpio y resplandeciente, y ceñidos alrededor del pecho con cintos de oro.
7 Y uno de los cuatro seres vivientes dio a los siete ángeles siete copas de oro, llenas de la ira de Dios, que vive por los siglos de los siglos.
8 Y el templo se llenó de humo por la gloria de Dios, y por su poder; y nadie podía entrar en el templo hasta que se hubiesen cumplido las siete plagas de los siete ángeles.
5 Ahora la escena cambia, y se nos muestra el Templo del Tabernáculo del Testimonio en el cielo, el "verdadero tabernáculo" (Heb. 8:2), el divino modelo, del cual el tabernáculo en la tierra era "figura y sombra" (Heb. 8:5; 9:11-12, 23-24; 10:1; Éx. 25:9, 40; 26:30; Núm. 8:4; Hechos 7:44). Juan tiene mucho cuidado de usar las correctas expresiones técnicas para sus imágenes aquí, basadas en el orden del Antiguo Pacto. El documento de tratado básico del pacto era el Decálogo; éste era llamado a menudo el Testimonio, enfatizando su carácter legal como el registro del juramento del Pacto (Éx. 16:34; 25:16, 21-22; 31:18; 32:15; comp. Sal. 19:7; Isa. 8:16; 20). El tabernáculo, en el cual se guardaba el testimonio, se llamaba por lo tanto el tabernáculo del testimonio (Éx. 38:21; Núm. 1:50, 53; 9:15; 10:11; Hech. 7:44). Como hemos visto, en Apocalipsis el templo (naos en griego) es el santuario, o Lugar Santo (comp. 3:12; 7:15; 11:1-2, 19; 14:15, 17).

Un aspecto principal del mensaje de Juan en Apocalipsis es la venida del Nuevo Pacto. En su teología (como en el resto del Nuevo Testamento), la Iglesia es el naos, el templo. El escritor de Hebreos muestra que el tabernáculo mosaico era tanto una figura del original celestial como un presagio de la Iglesia en el Nuevo Pacto (Heb. 8:5; 10:1); Juan saca la conclusión, mostrando que estos dos, el modelo celestial y la forma final, se funden en la era del Nuevo Pacto: La Iglesia mora en el tabernáculo en el cielo. Y, si el templo es la Iglesia, el testimonio es el Nuevo Pacto, el testimonio de Jesús (1:2, 9; 6:9; 12:11, 17; 19:10; 20:4).

6-7 Los siete ángeles que tenían las siete plagas salieron del templo, para aplicar las maldiciones proclamadas por las trompetas. Como sacerdotes del Nuevo Pacto, estos ángeles-ministros están vestidos de lino, limpio y resplandeciente, y ceñidos alrededor del pecho con cintos de oro, a imagen y semejanza de su Señor (1:13; comp. Éx. 28:26-29, 39-43; Lev. 16:4).

Y uno de los cuatro seres vivientes les dio a los siete ángeles siete copas de oro; presumiblemente, este querubín es el que tiene rostro de hombre (4:7), puesto que los otros tres ya han aparecido en el escenario del drama, y puesto que Juan está procediendo sistemáticamente a través de los cuadrantes del Zodíaco. Vimos que él comenzó en la primavera (la Pascua), con el signo de Tauro gobernando el Preámbulo y las Siete Letras; se movió a través del verano, con Leo gobernando los siete sellos; continuó a través del otoño bajo Escorpión (el Escorpión/Águila) y las siete trompetas; y ahora llega al invierno, con Acuario, el aguador, supervisando el derramamiento de la ira de Dios desde las siete copas.

He llamado copas a estos siete recipientes, más bien que frascos [KJV] o fuentes [NASV] para subrayar su carácter como un "sacramento negativo". Desde un punto de vista, la substancia en las copas (la ira de Dios, que es "ardiente", comp. 14:10) parece fuego, y varios comentaristas, por lo tanto, han visto los recipientes como fuentes de incienso (5:8; comp. 8:3-5). Pero, en 14:10, los impíos son condenados a "beber del vino de la ira de Dios, que está echado puro en la copa de su ira"; y, cuando las plagas son derramadas, el "ángel de las aguas" se regocija por lo apropiado de la justicia de Dios: "Por cuanto derramaron la sangre de los santos y de los profetas, también tú les has dado a beber sangre" (16:6). Algunos versículos más adelante, Juan regresa a la imagen de "la copa del vino del ardor de su ira" (16:19). Lo que está sirviendo de modelo en el cielo para la enseñanza de la Iglesia en la tierra es la excomunión final del Israel apóstata, cuando por fin le es negada la comunión del cuerpo y la sangre del Señor. Los ángeles-obispos, a los cuales se les han confiado las sanciones sacramentales del pacto, son enviados desde el templo celestial mismo, y desde el trono de Dios, para derramar sobre Israel la sangre del pacto. Jesús advirtió a los rebeldes de Israel que les enviaría sus mártires para que fueran muertos, "para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien matásteis entre el templo y el altar. De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación" (Mat. 23:35-36). Beber sangre es inescapable: O los ministros del Nuevo Pacto nos la sirven en la Eucaristía, o la derraman de sus copas sobre nuestras cabezas.

Austin Farrer explica algunas de las imágenes del Antiguo Pacto detrás del símbolo de las copas. "Las 'fuentes', phialae, son fuentes de libación. Porque la libación, u ofrenda de bebida, era derramada durante el sacrificio diario inmediatamente después de que las trompetas habían comenzado a sonar, de manera que, poniendo las fuentes en secuencia con las trompetas, Juan mantiene la secuencia de la acción ritual que comenzó con el Cordero sacrificado, continuó en la ofrenda de incienso y pasó al sonido de las trompetas. Porque la libación tenía tal posición, era el último acto ritual, completando el servicio del altar, y era proverbial en ese sentido (Fil. 2:17). Como Pablo indica, la libación era vertida sobre la víctima sacrificada, ardiendo en el fuego. Como no hay sacrificio de sangre en el cielo, los ángeles vierten sus libaciones sobre el terrible holocausto de venganza que la justicia divina hace en la tierra". 9

En este contexto, debería recordársenos la ofrenda de purificación, diseñada para expiar la contaminación de un lugar, para que Dios pudiera continuar morando con su pueblo (comp. los comentarios sobre 9:13). Si la nación entera pecaba, de modo que la tierra entera se contaminaba, se requería que los sacerdotes llevaran a cabo ritos especiales de purificación: La sangre del sacrificio era rociada siete veces hacia el velo delante del Lugar Santísimo, luego untada en los cuatro cuernos del altar, y el resto derramada al pie del altar (Lev. 4:13-21). 10 Pero en las plagas derramadas de las copas-juicios esto se invierte, como señala Philip Barrington: "Esta sangre, en vez de traer reconciliación, trae rechazo y venganza. En vez de ser rociada siete veces hacia el velo, es vertida siete veces en tierra. En vez de la aparición del Sumo Sacerdote con la sangre de la reconciliación, tenemos siete ángeles con la sangre de la venganza". 11

¿Por qué en Apocalipsis la sangre ya no es rociada hacia el velo? Porque la sangre de Jesús ya ha sido ofrecida, e Israel la ha rechazado. Como advertía el escritor de Hebreos justo antes del holocausto: "Si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo. ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo! (Heb. 10:26-31).

Ése es precisamente el argumento de Juan aquí: Sangre y fuego están a punto de ser derramados sobre la tierra de Israel desde las siete copas, que están llenos de la ira de Dios, que vive por los siglos de los siglos. En realidad, la naturaleza eterna de Dios ("Vivo yo") se dio en el Cántico de Moisés como señal de su venganza contra sus enemigos, y los que derramaron la sangre de sus siervos (Deut. 32:40-43). Así, se nos muestra que los siete ángeles con las plagas vienen del Tabernáculo del Testimonio, llevando en sus manos las maldiciones del Pacto; vienen del Templo, la Iglesia, como ministros que obligan en la tierra los decretos del cielo contra los que han rechazado el testimonio de Jesús; y vienen del trono de Dios mismo, habiendo recibido sus copas de ira de uno de los querubines que llevan el trono de Dios (comp. 4:6).

8 A la dedicación tanto del tabernáculo de Moisés como del templo de Salomón, el santuario se llenó del humo de la gloria de Dios y de su poder, y nadie podía entrar (véase Éx. 40:34-35; 1 Reyes 8:10-11; 2 Crón. 5:11-14; 7:1-3). Como hemos visto, este fenómeno ocurrió en relación con el fuego celestial que descendía y consumía los sacrificios (Lev. 9:23-24; 2 Crón. 7:1-3). El hecho de que el templo se llenara de humo era, pues, tanto una señal de la presencia de Dios llena de gracia con su pueblo como una impresionante revelación de su terrible ira contra los pecadores, una advetencia de que su juicio ardiente sería enviado desde el templo contra los que rebelasen contra él (para ejemplos de esto, véase Lev. 10:1-3; Núm. 11:1-3; 16:35).

Con la venida del Nuevo Pacto, la Iglesia de Jesucristo se convirtió en el templo de Dios. Este nuevo suceso redentor fue indicado por el hecho de que el Espíritu llenó la Iglesia en el día de Pentecostés, como había llenado el tabernáculo y el templo. Sin embargo, como Pedro había declarado, el derramamiento pentecostal sería acompañado al final de la era también por un derramamiento de holocausto: "Sangre, y fuego, y vapor de humo" (Hechos 2:16-21; comp. Joel 2:28-32). Para que la Iglesia tomara posesión plena de su herencia, para que asumiera su correcto lugar como templo del Nuevo Pacto, la corrompida plataforma del Antiguo Pacto tenía que ser derribada y demolida. A los cristianos de primera generación se les exhortaba continuamente a esperar el día, que se acercaba rápidamente, en que sus adversarios serían consumidos, y la Iglesia consagrada en sinagoga como el templo definitivo (comp. 2 Tesa. 2:1; Heb. 10:25). En el completo sentido de la plenitud y la "perfección" del Nuevo Pacto (comp. 1 Cor. 13:12), nadie podía entrar al templo sino hasta que las siete plagas de los siete ángeles hubiesen completado la destrucción del Israel del Antiguo Pacto.

E. W. Hengstenberg menciona un aspecto relacionado con este símbolo: "Mientras Israel fuera el pueblo del Señor, la columna de nube exclamaría a todos sus enemigos: 'No toquéis a mi Ungido, ni dañéis a mis profetas'. Lo mismo sucede aquí; que el templo esté lleno de humo, y nadie pueda entrar en él, es 'una señal para los creyentes de que el Señor, por amor a ellos, ahora iba a completar la destrucción de sus enemigos'. 12 Además, vemos con bastante claridad en Isaías 6 la razón de que nadie pudiera entrar allí. Si Dios se manifiesta en la plena gloria de su naturaleza, en la completa energía de su justicia punitiva, la criatura debe sentirse penetrada de un profundo sentimiento de insignificancia - no sólo como una criatura pecaminosa, como en el caso de Isaías, sino también como criatura finita, según Job 4:18; 15:15.... Bengel 13 observa: 'Cuando Dios derrama su ira, es bueno que hasta los que están bien con Él retrocedan un poco, y limiten sus miradas inquisitivas. Todos deberían dar un paso atrás en profunda reverencia, hasta que el cielo se aclare nuevamente más tarde'". 14


Notas:

1. Austin Farrer, The Revelation of St. John the Divine (Oxford: Athe Clarendon Press, 1964), p. 169.

2. Henry Barclay Swete, Commentary on Revelation (Grand Rapids: Kregel Publications, [1911] 1977), p. 194.

3. Farrer, pp. 170f.

4. Heb. kiyyor, la palabra normal para lavatorio: por ej., Ex. 30:18, 28; 40:7, 11, 30.

5. Rousas John Rushdoony, Thy Kingdom Come: Studies in Daniel and Revelation (Tyler, TX: Thoburn Press, [1970] 1978), p. 93.

6. Farrer, p. 171.

7. Alfred Edersheim, The Temple: Its Ministry and Services As They Were at the Time of Jesus Christ (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Co., 1980), p. 76.

8. E. W. Hengstenberg, The Revelation of St. John, dos volúmenes, (Cherry Hill. NJ: Mack Publishing Co., [1851] 1972). Vol. 2, pp. 146s.

9. Farrer, p. 174.

10. Véase de Gordon J. Wenham, The Book of Leviticus (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Co., 1979), pp. 86-103.

11. Philip Barrington, The Meaning of the Revelation (London: SPCK, 1931), p. 262.

12. C. F. J. Züllig, Die Offenbarung Johannis Erklärt (Stuttgart, 1834-1840).

13. J. A. Bengel, Erklärte Offenbarung Johannis (Stuttgart, 1940).

14. Hengstenberg, Vol. 2, p. 153.


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