LA DIVINIDAD DE JESÚS

¿HECHO HISTÓRICO O MITO RELIGIOSO?

PARTE 3

ROBERT D. BRINSMEAD

ENSAYO DE PASCUA  - 2001

En los credos cristianos del siglo cuarto, se dice que Jesús es "Dios de Dios", la segunda persona de la Santísima Trinidad. Por lo que concierne al cristianismo ortodoxo, el bebé del pesebre de Belén era el Creador del universo.

La divinidad de Jesucristo ha sido el sine qua non de la fe cristiana. Cualquiera de las así llamadas iglesias o sectas que no confiese que Jesús es Dios en el sentido más elevado no puede ser llamada "cristiana" ni "evangélica". Por siglos, los herejes arrianos que negaban que Jesús era coeterno con el Padre fueron condenados, perseguidos y hasta ejecutados por instigación de la gran iglesia.

A los ojos de la sociedad cristiana de corriente principal, y durante la mayor parte de su historia, nadie que negara que Jesús es Dios podría salvarse, y ni siquiera era apto para vivir.

Cuando el brillante médico Michael Servetus fue llevado ante los jueces de la Génova de Calvino, se le pidió que confesara que Jesús era "el eterno hijo de Dios". Servetus contestó que sólo podía confesar que Jesús era "el hijo del Dios eterno". Esto no era suficientemente bueno para los reformadores de Génova. Servetus fue sentenciado por las autoridades civiles a morir en la hoguera. Hay que decir a favor de Calvino que quería que la sentencia se redujese a la ejecución por espada. El piadoso Farel estuvo presente en la ejecución para ofrecer la oración oficial por el alma de Servetus antes de que éste fuese entregado para que muriese horriblemente en un fuego lento y verde.

Los reformadores protestantes, junto con los teólogos católicos de la iglesia, y desde los padres de los credos ecuménicos del siglo cuarto, reconocían que el edificio entero de la religión cristiana se sostenía o caía sobre la divinidad de Jesús. Como dice Ian Guthrie, historiador y teólogo jesuita: "Ciertamente, si uno preguntara cuánto de todo lo que los cristianos han sostenido más firmemente quedaría intacto si abandonáramos la idea tradicional de que Jesucristo es Dios, seguramente la respuesta sería que muy poco, pues tanto la divinidad de Cristo como la inspiración divina de toda la Escritura son casi las piedras angulares gemelas sobre las cuales se ha construido y se ha sostenido la estructura entera del cristianismo durante más o menos 1,500 años". (The Rise and Decline of the Christian Empire [El Surgimiento y la Decadencia del Imperio Cristiano], p. 344).

La doctrina de la deidad de Jesús no apareció súbitamente en la iglesia. Los eruditos de todas las ramas de la iglesia, ya fueran conservadores o liberales, por lo general reconocen ahora que esta doctrina necesitó como 400 años para desarrollarse por completo. Como dice Karen Armstrong: "La doctrina de que Jesús había sido Dios en forma humana no se concretó sino en el siglo cuarto. El desarrollo de la creencia cristiana en la encarnación fue un proceso gradual y complejo". (A History of God [Una Historia de Dios], p. 98). Luego, se necesitaron otros 400 años antes de que se estableciera plenamente en toda la cristiandad. Como comenta Guthrie, "la divinidad de Cristo no fue aceptada universalmente sino hasta bien entrado el siglo octavo". (Ibid., p. 340).

"La odisea de Jesús de Nazaret de profeta crucificado a gobernante divino del cosmos es un extraordinario acontecimiento de la historia intelectual de occidente", escribe Thomas Sheehan, "y, dado el estado actual de la erudición bíblica, uno de los mejor documentados". (The First Coming: How the Kingdom of God Became Christianity [La Primera Venida: Cómo el Reino de Dios Llegó a Ser el Cristianismo].

Como propusimos en la Parte 1 de esta serie de ensayos, una de las mejores maneras de evaluar cualquier interpretación acerca de Jesús de Nazaret es seguir el rastro de cómo se desarrolló esa interpretación particular. Esto es lo que proponemos hacer ahora con la doctrina de la divinidad de Jesús.

Jesús en el movimiento intrajudío

El movimiento original de Jesús era intrajudío. Jesús de Nazaret era judío. Y todos sus apóstoles eran judíos. La primera iglesia de Jerusalén, presidida por Santiago, el hermano de Jesús, se componía enteramente de judíos palestinos.

Es claro, por el libro de Hechos en el NT, que estos primeros "cristianos" continuaron teniendo culto con los otros judíos en la sinagoga. Guardaban el sábado judío, comían alimentos kosher, y circuncidaban a sus hijos como todos los judíos practicantes. Santiago era tenido en alta estima por la mayor parte de la comunidad judía, aunque era el líder reconocido de la primera iglesia en Jerusalén. Y, como Santiago le recordó a Pablo en la última visita de éste a Jerusalén como treinta años después de la muerte de Jesús, el grueso de los conversos a Jesús en Palestina, "eran todos firmes defensores de la ley", es decir, las sagradas costumbres de los judíos" (véase Hechos 2:12, 18-22).

Fundamental en las creencias y el culto judíos era su estricto monoteísmo. Cada acto de culto en cada una de las sinagogas estaba basado en su sagrado shema: "Oye Isarael: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es" (Deuteronomio 6:4). Geza Vermes tiene absolutamente toda la razón cuando dice que "la identificación con Dios por parte de una figura histórica contemporánea habría sido inconcebible para un judío palestino del siglo primero de la era cristiana. Esta identificación no podría haber sido expresada en público, en presencia de hombres condicionados por siglos de religión monoteísta bíblica". (Jesus the Jew, p. 212).

Cuando ponemos la cuestión en un contexto histórico, es imposible imaginar que los seguidores de Jesús pudieran haber tenido culto en la sinagoga con otros judíos durante los siguientes 50 años si los primeros hubiesen estado enseñando que Jesús era Dios u otra divinidad. Ninguna armonía habría sido posible en el culto de la sinagoga si los seguidores de Jesús hubieran sido vistos poniendo en peligro el antiguo shema.

Como lo expresa Michael Morwood, un autor católico contemporáneo:

"Para los primeros judíos cristianos, habría sido impensable identificar con Dios ni siquiera al exaltado Jesús de la post-resurrección. .... El cristianismo no comenzó con la creencia de que Jesús se identificaba con Dios de la manera en que el pensamiento trinitario posterior vendría a entenderlo. En sus comienzos, el movimiento cristiano no se veía a sí mismo como separado del judaísmo. Esto es significativo porque el judaísmo no podría de ninguna manera aceptar la idea de que una persona humana se identificara con Dios ... [en los credos del siglo cuarto que hablan de Jesús como Dios] estamos bien alejados del pensamiento cristiano inicial acerca de Jesús aquí. Es un modelo de pensamiento acerca de Dios con el cual Jesús, como judío, jamás habría soñado, y muy probablemente, porque era judío, no habría aceptado". (Tomorrow´s Catholic, pp. 60-63).

Que los primeros cristianos no proclamaron que Jesús es Dios no es sólo una conclusión extraída de los antecedentes históricos. Está también apoyada por mucha evidencia directa extraída de los mismos documentos del NT.

Pedro fue el primer apóstol que proclamó la fe cristiana sobre la resurrección de Jesús. De acuerdo con el registro del libro de Hechos, Pedro dijo que Jesús "fue varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él". Acusó a algunos de sus compatriotas de haber participado en su condena y su muerte. Pedro dijo que, al levantarle a la vida nuevamente, Dios no sólo revirtió el veredicto humano, sino que "a este Jesús a quien vosotros crucificásteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo" (Hechos 2:22-36).

Hay un par de puntos muy cruciales a notar en estos pasajes del libro de Hechos. Primero, para citar las palabras de Karen Armstrong: "Pedro no declaró que Jesús era Dios" (Ibid., 107). Segundo, Pedro expresó por primera vez el punto de vista cristiano de que Jesús se convirtió en Mesías cuando Dios le levantó de entre los muertos. Según Hechos 13:32, ésta también era la manera en que Pablo veía las cosas. Predicaba a los judíos que Jesús fue "engendrado" o instalado como hijo de Dios - es decir, se convirtió en Mesías en el día de su resurrección y su exaltación a la diestra de Dios.

Por consiguiente, en la primera fe y predicación, se creía que Jesús era un profeta mártir a quien Dios designó para que fuese el Mesías al resucitarle de entre los muertos. No hay nada en esta primitiva proclamación cristiana que sugiera que Jesús era el Creador incógnito o que su muerte era un sacrificio expiatorio por los pecados del mundo. El camino desde la primera predicación de Pedro acerca de Jesús en Pentecostés hasta los credos de la iglesia que declaraban que Jesús era Dios fue un largo viaje de 400 años. ¡Ciertamente no es legítimo leer el cristianismo de los credos en la enseñanza de los primeros apóstoles!

Jesús fue llamado el hijo de Dios durante toda la era del NT, pero cuándo y cómo se convirtió en hijo de Dios fue sometido a mucho desarrollo. Pablo fue el primer escritor del NT. Sus cartas se escribieron entre veinte y treinta años después de la muerte de Jesús. En su carta más importante, dirigida a los cristianos de Roma, Pablo dice que Jesús fue "declarado hijo de Dios por su resurrección de entre los muertos" (Rom. 1:3; véase también Hechos 13:32). Como veinte años más tarde, el evangelio de Marcos dijo que Jesús fue declarado hijo de Dios en el momento de su bautismo en el río Jordán. Como quince o veinte años después de que se escribió Marcos, Mateo y Lucas dijeron que Jesús vino a ser hijo de Dios en el momento de su nacimiento sobrenatural. Luego, por último, el evangelio de Juan, escrito a finales del siglo, basa la condición de Jesús como hijo en el Verbo que existía con Dios antes del inicio del tiempo. Todos estos pasos en la manera de pensar del cristianismo primitivo representan un desarrollo durante aproximadamente 70 años pero, como veremos, hasta Juan se queda bien lejos del Jesús deificado que se desarrolló durante 400 años y fue expresado en los credos.

Jesús en los sinópticos y en Hechos

Los así llamados evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) nunca hablan de manera que haga borrosa la distinción entre Dios y Jesús. Los cristianos actuales están demasiado inclinados a leer estos evangelios a través del lente del cuarto evangelio y del lente de los credos posteriores y las tradiciones de la iglesia, pero, como Vermes arguye correctamente en Jesus the Jew [Jesús, el judío], cualquier lectura honesta de estos tres evangelios en sus propios términos no revela ninguna evidencia de que ellos enseñan que Jesús es Dios. ¿Un hombre de Dios como Moisés o Eliseo? ¡Sí! ¿Pero un hombre-Dios? ¡No!

Además, no hay ni la más ligera sugerencia en estos tres evangelios del NT de que Jesús pre-existía antes de su nacimiento sobrenatural. De acuerdo con el relato que Lucas hace de las cosas, Jesús vino a ser el hijo de Dios como resultado de su nacimiento sobrenatural (Lucas 1:34, 35). Como dice el bien conocido erudito del NT, B. F. Wescott: "En los sinópticos no hay ninguna afirmación directa de la preexistencia de Cristo. ... Ellos no declaran su preexistencia en ninguna parte" (The Gospel of John, lxxxiv, lxxxvii). Raymond Brown, el bien conocido teólogo católico, también reconoce que, en los relatos sobre el nacimiento virginal en Mateo y Lucas, "no hay ninguna sugerencia de una encarnación por la cual una figura que estaba anteriormente con Dios hubiese asumido la naturaleza humana carnal". Mateo y Lucas no muestran ningún conocimiento de la preexistencia; aparentemente, para ellos,  la concepción fue el comienzo del engendramiento del hijo de Dios". (The Birth of the Messiah, pp. 141, 31, fn. 7).

Así también en el libro de Hechos, no hay ninguna indicación de un Cristo preexistente en la presciencia y el consejo de Dios.

Jesús en Pablo

Todas las partes reconocen que Pablo y el Juan del cuarto evangelio enseñan una cristología superior o por lo menos más avanzada. Pero, ¿enseñan hasta estos autores del Nuevo Testmento que Jesús era Dios? ¿En qué sentido hablan de su preexistencia?

Pablo era un judío de la Diáspora, un helenista que sabía cómo comunicar el mensaje sobre Jesús a un mundo saturado de la cultura, la religión y el lenguaje griegos. Sin embargo, a pesar de todo esto, Pablo nunca se apartó de su estricto monoteísmo judío. A sus conversos corintios les escribió: "Hay un solo Dios, el Padre" (1 Corintios 8:6). En su gran epístola a los romanos, se refiere a la persona de Dios más de 150 veces; sin embargo, en ningún momento hace borrosa la distinción entre Dios y su hijo Jesucristo. Por consiguiente, Karen Armstrong está bastante en lo correcto cuando dice: "Pablo nunca llama 'Dios' a Jesús. Lo llamó 'hijo de Dios' en su sentido judío; ciertamente no creía que Jesús había sido la encarnación de Dios mismo. ... Pablo era demasiado judío como para aceptar la idea de que Cristo existía como un segundo ser divino además de YHWH desde toda la eternidad". (A History of God, pp. 99, 106).

Frances Young concuerda con Armstrong cuando dice: "Pablo ni llama a Jesús Dios ni lo identifica con Dios en ninguna parte. Es verdad que hace la obra de Dios; es ciertamente el agente sobrenatural de Dios que actúa a causa de la iniciativa de Dios". (The Myth of God Incarnate, p. 21).

Como judío, Pablo habría estado familiarizado con la bien conocida tradición rabínica que decía que, desde el principio, el Mesías había estado oculto en el cielo antes de aparecer en la tierra. Hasta su nombre era conocido por Dios antes del principio del tiempo. Pero, cuando presionamos este concepto judío un poco más, hallamos que la preexistencia del Mesías era nocional, no real. (Véase de Vermes, Ibid., pp. 129-156). Se decía que había existido en la voluntad y la presciencia predestinadas de Dios. En la manera de pensar judía, podía decirse que cualquier cosa que existiese en los planes y propósitos predestinados de Dios ya existía en el cielo. Como dijo Pablo: "Dios llama a las cosas que no existen como si existiesen" (Romanos 4:17). De la misma manera, quizás el más judío de todos los libros del NT, puede hablar de que Jesús fue "crucificado desde antes de la fundación del mundo" (Apocalipsis 13:8). Para un excelente tratamiento de este significado muy judío de la preexistencia, véase de Anthony F. Buzzard y Charles F. Hunting, The Doctrine of the Trinity: Christianity´s Self-Inflicted Wound [La doctrina de la Trinidad: La Herida Autoinfligida del Cristianismo], pp. 171-214).

Así, dice Karen Armstrong: "Cuando Pablo habla de Jesús como si éste tuviera alguna clase de vida preexistente, no están sugiriendo que era una segunda 'persona' divina en el sentido trinitario posterior. Están indicando que Jesús había trascendido modos de existencia temporales e individuales. Puesto que el 'poder' y la 'sabiduría' que él representaba eran actividades que se derivaban de Dios, en cierto modo expresaba 'lo que era desde el principio'." (A History of God, p. 106.)

Tenemos que recordar que el Nuevo Testamento, no menos que el Antiguo Testamento, es un libro muy judío. Está sumergido en expresiones y modos de pensar muy judíos. Con la posible excepción de Lucas, los autores de cada una de las partes son todos judíos. Sus ideas sobre la predestinación, la preordenación y la preexistencia son bastante comprensibles si se leen en un apropiado contexto judío y del Antiguo Testamento.

Pero surgió un enorme problema cuando, más tarde, cristianos con antecedentes muy ajenos al judaísmo comenzaron a interpretar estas cosas de una manera muy ajena al judaísmo. El problema se volvió aun mayor cuando la gran iglesia, compuesta enteramente de gentiles, se volvió rabiosamente antisemita y hostil hacia todo lo que fuera judío, incluyendo hasta el cristianismo judío.

La iglesia perdió el contacto con las formas de pensar judías de su propio NT. Comenzó a interpretar estos documentos por medio de sus propios ojos grecolatinos y sus propias formas de pensar grecolatinas. El cristianismo perdió el contacto con sus raíces semitas en suelo palestino. Se convirtió en una extraña religión grecorromana. No sólo se volvió hostil hacia los judíos en general, sino hacia los cristianos judíos en particular. Aunque Jesús y los apóstoles eran todos judíos, aunque los autores del NT eran judíos, y aunque el mensaje sobre Jesús comenzó como un movimiento intrajudío, los cristianos judíos fueron condenados, expulsados de la iglesia y perseguidos desde el principio del siglo segundo.

Todo esto suscita la inquietante pregunta de si el cristianismo grecolatino era el gran cuco en el nido del movimiento de Jesús original. La iglesia perdió el contacto con las formas de pensar judías de su propio NT, ¡y luego procedió a sacar de su propio y verdadero contexto judío muchos de los dichos del NT! ¿Cómo podía una iglesia infectada con la rabia del antisemitismo comprender un libro tan judío como el NT?

Siguiendo la línea de eruditos como J. A. T. Robinson y James Dunn, en la actualidad más y más eruditos cristianos están comenzando a preguntar si Pablo enseñó una verdadera preexistencia de Jesús. Hasta el finado F. F. Bruce, considerado por muchos como el príncipe de los eruditos evangélicos conservadores, hizo esta asombrosa afirmación antes de morir: "Sobre la cuestión de la preexistencia, uno puede por lo menos aceptar la preexistencia del verbo eterno o la eterna sabiduría de Dios que (¿quien) encarnó en Jesús. Pero no está muy claro si cualquier escritor del Nuevo Testamento creía en su existencia consciente separada como 'segunda persona divina' ... No estoy tan seguro de si Pablo lo creía así". (De la correspondencia citada por Anthony F. Buzzard y Charles F. Hunting en The Doctrine of the Trinity, p. 190).

Aquí no nos ocuparemos de examinar cada una de las afirmaciones paulinas que se citan como "pruebas" de que el apóstol enseñaba una real preexistencia de Jesús. No es difícil leer estos pasajes bajo otra luz cuando se entiende el pensamiento judío acerca de la predestinación y la preexistencia. Después de examinar todos estos textos paulinos, hasta el trinitario James Dunn está convencido de que, fuera del evangelio de Juan, no hay en el Nuevo Testamento ninguna doctrina de una preexistencia literal de Jesús. (Christology in the Making, p. 24).

Sin embargo, lo que define la cuestión es el contexto histórico de estos controversiales textos paulinos. Sabemos que el hecho de que Pablo rehusara imponer la observancia de la ley judía a los conversos gentiles lo llevó a una prolongada y encarnizada disputa con algunos de los cristianos de Jerusalén. Ahora sabemos, por documentos judeocristianos del siglo segundo, algunos desenterrados en Nag Hammadi en 1945-46, que esta encendida controversia sobre si la ley judía del AT debía ser observada siguió a Pablo mucho tiempo después de su muerte. Pero, mientras que estos documentos judeocristianos denuncian a Pablo vehementemente como enemigo de la ley, no se dice ni una palabra sobre su alejamiento de un estricto monoteísmo judío. Si Pablo hubiese estado enseñando que Jesús era Dios o una segunda persona divina, sus oponentes seguramente habrían resaltado esto como un repudio blasfemo del shema judío.

Mirando más adelante, a la historia de la iglesia en los siglos tercero y cuarto, vemos que el cristianismo se lanzó a una larga y a veces violenta controversia sobre la cuestión de la divinidad y la preexistencia de Jesús. La batalla rugió por cientos de años. Hubo intrigas políticas, manipulaciones del clero, vergonzosos juegos de poder, levantamientos y a veces hasta sangrientos disturbios antes de que la doctrina de la absoluta divinidad de Cristo fuera impuesta universalmente, so pena de muerte, en toda la cristiandad.

Y mientras todo este conflicto sobre la divinidad de Cristo tenía lugar en la gran iglesia, los creyentes judíos desterrados, llamados nazarenos o ebionitas, nunca consideraron la idea de que Jesús era alguna especie de segunda persona divina. Hasta el mismo siglo cuarto, encontramos a los ebionitas aferrándose al libro de Mateo como el único documento válido del NT. Reclamaban para sí mismos una línea directa de descendencia desde los apóstoles y la iglesia original en Jerusalén.

El punto que queremos subrayar aquí es que la historia entera del judeocristianismo, desde sus comienzos con los apóstoles en la iglesia de Jerusalén hasta su desaparición final en las arenas del desierto del Medio Oriente como en el siglo quinto, es un claro testimonio del hecho de que esta importante corriente del movimiento de Jesús nunca aceptó que Jesús era Dios.

Jesús en Juan

Cuando seguimos presionando al NT en busca de un testimonio sin ambigüedades de la preexistencia y la divinidad de Jesús,el único candidato que queda en pie para ser considerado es el evangelio de Juan. Pero aun aquí, debemos preguntar: ¿Fue también este libro del NT mal entendido al ser leído por medio de los lentes de los credos cristianos del siglo cuarto?

El evangelio de Juan es ampliamente reconocido como el libro antijudío más virulento del NT. Refleja la encarnizada separación entre la sinagoga judía y la iglesia intrajudía que tuvo lugar entre los años 85-90 AD. Cuando los romanos destruyeron a Jerusalén y a su templo en el año 70 AD, el sacerdocio y el culto del templo, tan centrales a la vida y al culto judíos por siglos, fue barrido también. En esta nueva era post-templo, el judaísmo se enfrentó a una crisis de identidad y supervivencia. ¿Encontraría el judaísmo su futuro en un judaísmo rabínico de reciente surgimiento o en el creciente movimiento de Jesús dentro del judaísmo? El nuevo judaísmo rabínico reemplazó la secta del templo convirtiendo a la Torá - la ley judía - en la cosa central de la identidad judía y el culto de la sinagoga. Obviamente, los partidarios de Jesús argumentaban que Jesús había tomado el lugar de la Torá como la principal revelación de Dios. Esa era la esencia del conflicto entre los partidos rivales. El judaísmo rabínico prevaleció y comenzó a expulsar de la sinagoga al grupo partidario de Jesús. El libro de Juan sugiere que esta división entre la sinagoga y la Iglesia era muy reciente y muy encarnizada. Sin embargo, a pesar de toda la hostilidad antijudía, la teología del libro de Juan está inmersa en formas de pensamiento muy judías.

El cuarto evangelio permanece en considerable tensión con los tres evangelio sinópticos.

Juan no relata ningún nacimiento virginal, y parece suponer que Jesús es el hijo biológico de José. En un nivel teológico, Juan no necesita de un nacimiento virginal puesto que basa la relación especial de Jesús con Dios en el Verbo que existía con Dios antes de que el tiempo existiese. Mientras que Marcos, Mateo y Lucas ven la última cena en términos de una comida de pascua judía, la última cena de Juan no es ninguna comida de pascua, pues la pascua judía tuvo lugar la noche del viernes después de la crucifixión. Los evangelios sinópticos indican que el ministerio público de Jesús duró sólo como 12 meses. En Juan, el  ministerio público de Jesús dura por lo menos tres años. Según los sinópticos, Jesús echa a los cambistas de los recintos del templo sólo horas antes de su arresto y crucifixión. Juan ubica este incidente del templo tres años antes - al comienzo del ministerio público de Jesús. Marcos y Mateo ubican claramente la primera aparición de la resurrección en Galilea, que está situada como a 10 días de viaje desde Jerusalén. Juan sitúa las apariciones de la resurrección en y alrededor de Jerusalén el día de la resurrección. Según Juan, Jesús da el Espíritu Santo a los discípulos el día de la resurrección, mientras que, según Lucas/Hechos, esto ocurre el día de Pentecostés, 50 días más tarde. Según Lucas/Hechos, Jesús ascendió al cielo 40 días después de la resurrección, mientras que Juan sitúa la resurrección y la ascensión el mismo día. Cualquiera puede verificar estas discrepancias por sí mismo examinando los documentos del NT en unas pocas horas de lectura.

Las diferencias precedentes entre Juan y los sinópticos (y la lista no es completa en absoluto) son sólo superficiales y de poca importancia en comparación con los problemas más graves acerca del hombre que es el centro de todo esto. El retrato de Jesús que Juan presenta es tan vastamente diferente de los retratos del hombre que presentan Marcos, Mateo y Lucas que casi parece que estuvieran hablando de una persona diferente. Por ejemplo, en los evangelios sinópticos, Jesús es presentado como un sabio que apenas habla, excepto en parábolas y agudos y cortos aforismos. Pero el Jesús de Juan no pronuncia una sola parábola. En los sinópticos, Jesús rehusa dar ninguna señal de su autoridad. Pero Juan dice que Jesús con frecuencia da señales de su autoridad. Sin embargo, lo más importante de todo es que el Jesús de los sinópticos es un hombre modesto que rehusa firmemente todo título de honor. Ni siquiera quiere que la gente lo llame rabí, y ciertamente ni siquiera Mesías. Hasta reprende a un hombre que se dirige a él llamándolo "maestro bueno", diciéndole: "¿Por qué me llamas bueno? Sólo hay uno bueno, Dios". (Mateo 19:17). Modestamente, se llama a sí mismo "hijo del hombre" - el ser humano, hijo de Adán - que Vermes ha demostrado que, en la lengua nativa aramea del propio Jesús, jamás podría ser interpretado como título. Pero, en Juan, Jesús pronuncia largos monólogos acerca de sí mismo, reclamando para sí los títulos más asombrosos - "yo soy el pan de vida", "yo soy la luz del mundo", "yo soy el buen pastor", y muchos más.

En la actualidad, más y más eruditos cristianos, tanto católicos como protestantes, reconocen que los evangelios sinópticos nos presentan un relato más histórico de Jesús que el cuarto evangelio. La presentación de Juan es una reflexión teológica más bien que un relato histórico de Jesús. Como lo expresa The Oxford Dictionary of the Christian Church [El Diccionario Oxford de la Iglesia Cristiana]: "Las diferencias de valor histórico entre el evangelio de Juan y los sinópticos han sido reconocidas. Probablemente, el cuarto evangelio no es el informe de un testigo presencial (Juan, hijo de Zebedeo) ni se ha de identificar a su autor con el escritor de Apocalipsis ... [estas] conclusiones son ahora tan ampliamente aceptadas por los que son aptos para juzgar que son consideradas virtualmente como seguras". (p. 168).

Dice Guthrie: "El peso de la moderna erudición bíblica tiende a cuestionar la idea tradicional de que Cristo afirmara alguna vez ser Dios". (The Rise and Decline of the Christian Empire, p. 337). Jesús no iba por allí diciéndole a la gente que era Dios, ni siquiera pensando que era Dios o Mesías. Habría buenas razones para dudar de la salud mental de cualquier hombre que hiciera tales afirmaciones acerca de sí mismo. Marcus Borg sugiere una ley simple que dice así: "Cualquiera que crea que es el Mesías no es el Mesías".

El libro de Juan está siendo visto en la actualidad como la confesión de fe de una comunidad. Esta comunidad de Juan (quién era él, no lo sabemos realmente) había llegado a ver que la vida y las enseñanzas de Jesús les reveló a Dios como ninguna otra cosa lo había hecho jamás. Creían que la Palabra de Dios, la Sabiduría, la Gracia y la Verdad habían encarnado de manera singular en esta persona - tal como Pablo había dicho algunos años antes, "Dios estaba en Cristo". Esta revelación de Dios en el maestro galileo era para ellos la luz del mundo, el pan de vida y todas aquellas otras maravillosas figuras de lenguaje usadas en el libro de Juan.

Todas las cosas que los judíos habían atribuido tradicionalmente a su Torá - luz, pan, agua, pastor, palabra, verdad, y hasta el agente por medio del cual Dios hizo el mundo - esta comunidad ahora las atribuía a la nueva revelación de Dios en Jesús. Creían que esta revelación de Dios era mayor que la revelación de Dios dada en la Torá. ¡No es de extrañarse que el judaísmo rabínico les expulsara de la sinagoga!

El libro de Juan no debería leerse como si Jesús realmente fuera por allí pronunciando largos monólogos acerca de sí mismo en el lenguaje del evangelio de Juan. El autor de este evangelio probablemente quedaría bastante asombrado si cualquiera tomara tan literalmente su reflexión teológica. Lapide, un erudito judío contemporáneo, sugiere que el escrito de Juan es como un midrash - una forma de literatura que crea imaginativos discursos no muy diferentes de la licencia poética, relatos y dramas parabólicos. Pero el midrash, siendo arte literario y modo de enseñar judíos, se volvió completamente extraño e ininteligible para el cristianismo grecolatino. Éste prefirió leer el libro de Juan literalmente, como si fuese algún documento legal latino.

Con estas observaciones preliminares, ahora estamos listos para formular la pregunta: ¿Enseña realmente el cuarto evangelio que Jesús era Dios? ¿Nos dice este evangelio que Jesús preexistía eternamente con el Padre?

Más y más eruditos cristianos están llegando a la misma conclusión que J. A. T. Robinson, que dijo: "La clara evidencia de Juan es que Jesús rehusó afirmar que era Dios". (Citado en la obra de Buzzard y Hunting, Doctrine of the Trinity, p. 173). Hasta el finado F. F. Bruce admitió poco antes de su muerte que "no está claro" si algún escritor del NT enseñó realmente la preexistencia y la deidad de Jesús. ¡Qué asombrosa concesión de un hombre tan ampliamente considerado el decano de los eruditos evangélicos conservadores!

Si dejamos de leer el evangelio de Juan a través de los ojos de los credos del siglo cuarto, y comenzamos a leer este creativo libro del NT con algún grado de sensibilidad hacia sus formas de pensamiento judías, veremos que el libro no enseña lo que el cristianismo gentil leyó en él durante siglos.

El cuarto evangelio comienza con un largo prólogo acerca del Verbo que existía con Dios desde la eternidad. Juan no dice: "En el principio era Jesús" ni "en el principio era el Hijo", sino "en el principio era el Verbo". Juan no dice que el Verbo era Jesús, ni que el Verbo era el hijo de Dios, sino que el Verbo vino a habitar en Jesús.

La palabra griega logos tiene un significado mucho más rico del que se nos transmite por medio de la palabra "Verbo". Logos significa, no sólo Verbo, sino Razón, Pensamiento, Voluntad, Propósito, Consejo, Plan, Sabiduría, etc. Aunque había mucha especulación acerca del logos divino en la filosofía griega contemporánea, el prólogo de Juan tiene mucho más sentido cuando se lee teniendo como fondo el AT y el pensamiento judío acerca de la Torá. En ésta se decía que la Torá existía con Dios desde el principio. Además, el prólogo de Juan refleja la personificación del AT de la sabiduría como existiendo con Dios desde el principio. (Véase Proverbios 8).

El énfasis en el prólogo de Juan es que todo comienza con el Logos divino - el Verbo, el Plan, el Propósito, el Consejo, la Razón y la Sabiduría de Dios. En la plenitud del tiempo, a la "gloria" y la "verdad" de este Logos le fue dada una expresión de carne o humana en la vida de Jesús de Nazaret. El evangelio de Juan no dice que Jesús preexistía real y conscientemente como hijo con el Padre. Lo que preexistía en la Voluntad-la Sabiduría-el Plan-el Pensamiento divinos recibió expresión visible y audible en carne humana, es decir, en la vida de un ser humano real.

Sin embargo, en un sentido más profundo, muy judío, el Mesías escogido de Dios sí preexistía en que existía en el pensamiento y el propósito de Dios desde el principio. Como señalamos antes en nuestra discusión sobre el pensamiento de Pablo acerca de la preexistencia, esta era una forma de pensar bíblica y judía bien establecida. Porque cualquier cosa que Dios predestine puede decirse que ya existe. En este sentido, nunca hubo un tiempo en que Jesús no estuviese cerca de Dios, no fuese amado por Dios ni escogido por Dios. En esto encontramos el misterio del eterno Amor que no tiene principio, por cuanto no tiene fin. Aquél a quien Dios ama, es decir, aquél a quien Dios predestina y conoce por anticipado, siempre ha existido y nunca dejará de existir por lo que concierne a Dios. Así, pues, Jesús podría ser representado como diciendo: "Antes que Abraham fuese, yo soy" u, orando para que, después de su muerte, Dios le concediera la gloria que tuvo con el Padre antes que el mundo fuese. (Juan 17:5).

Lo asombroso de la reflexión teológica de Juan es que él quiere que la comunidad de los creyentes entienda que ellos también han preexistido en la gloria de la vida y el amor eterno de Dios. Así, pues, Jesús es representado como declarando en su oración a quien él llamó "el único Dios verdadero" (¡cuán cierto en el monoteísmo judío!): "La gloria que me diste yo se la he dado a ellos, para que ellos sean uno, así como nosotros somos uno" (Juan 17:22). Este es el don de amor y vida eterna de Dios que no tiene principio ni fin. Por lo que concierne a Dios, los que son amados por Él siempre han existido y nunca dejarán de existir. Pero esto puede entenderse solamente en el marco de un estricto monoteísmo judío. No tiene nada del significado de la reencarnación oriental.

Resumen de Jesús en la era del NT

En resumen, por la evidencia del NT, tenemos que decir que ninguno de los autores del NT hace borrosa la distinción fundamental entre Dios y Jesús hombre. Este punto es bien presentado por Geza Vermes:

"Ninguno de los evangelios sinópticos trata de hacer esto. Pablo, el judío de Tarso que se sentía a gusto en el mundo greco-romano, lo evita. Hasta el teologizador autor del cuarto evangelio, escribiendo un par de generaciones más tarde, muestra una comprensible timidez. Un bien conocido erudito del Nuevo Testamento, contemporáneo pero de ninguna manera radical, es de opinión que, cuando 'Dios' se usa ocasionalmente a propósito de Jesús en algunas de las epístolas del Nuevo Testamento, este uso nunca excede la idea de Señor exaltado y revelación encarnada.

"No fue sino hasta cuando los gentiles comenzaron a predicar el evangelio judío a los pueblos helenizados del Imperio Romano que el titubeo desapareció y el freno lingüístico fue quitado. Pablo, y aquel verdadero helenista, el autor de la carta a los Hebreos, se sienten satisfechos con frases como 'el resplandor de su gloria y la imagen de su sustancia'. Sin duda, ellos se habrían abstenido de usar lenguaje como el empleado por el sirio Ignacio de Antioquia en la primera década del siglo segundo AD, quien no tuvo dificultades en referirse a Jesús llamándolo 'nuestro Dios', y 'el Dios que les otorgó tal sabiduría'.

Si Jesús mismo habría reaccionado con estupefacción, ira o dolor, nunca podrá saberse. Sin embargo, una cosa es segura. Cuando más tarde el cristianismo se dispuso a definir el significado de hijo de Dios en su Credo, la paráfrasis que produjo - 'Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, consubstancial con el Padre' - halló su inspiración, no en el lenguaje puro y en las enseñanzas puras del Jesús galileo, ni siquiera en Pablo, el judío de la Diáspora, sino en la interpretación cristiana gentil del evangelio, adaptado a la mente del mundo totalmente extraño del helenismo pagano. (Jesus the Jew, pp. 212, 213).

JESÚS EN EL ENTORNO GENTIL

La doctrina de que Jesús era Dios en el sentido más elevado sólo pudo haberse desarrollado en el entorno del cristianismo gentil. Así, pues, ahora examinaremos el entorno cultural y religioso del mundo gentil para ver cómo proporcionó un terreno tan favorable a ideas tan completamente contrarias al monoteísmo judío del Antiguo Testamento.

Para comenzar, la designación neotestamentaria de Jesús como hijo de Dios tendió a asumir un significado completamente nuevo en los labios y en el modo de pensar de los gentiles.

En el AT y en el pensamiento judío, Dios no tenía ni esposa ni hijo que compartieran su esencia en un sentido ontológico. Siempre hubo un Dios y Dios era uno. Sin embargo, el término hijo de Dios fue usado durante todo el AT y en él habla del judaísmo en un sentido adoptivo o metafórico. Un ejemplo clásico de esto es cuando David fue declarado hijo de Dios en el día en que fue ungido rey de Israel: "'Tú eres mi hijo', [dijo Dios], 'yo te engendré hoy'" (Salmos 2:7). En una interpretación pesha de este salmo, Pablo lo aplicó a cómo Jesús también vino a ser hijo de Dios cuando Dios le levantó de entre los muertos y le ungió como nuevo rey de Israel. (Véase Hechos 13:32).

Acerca del significado judío de hijo de Dios, Vermes dice: "Aunque todo judío era llamado hijo de Dios, el título vino a ser aplicado principalmente al hombre justo, y en un sentido muy especial, al más justo de todos los hombres, el Mesías hijo de David". Jesus the Jew, p. 195.

Karen Armstrong también tiene toda la razón cuando dice: "Algunas veces, los salmos llamaban a David o al Mesías 'el hijo de Dios', pero esa era simplemente una manera de expresar su intimidad con Yahvé. Desde el regreso de Babilonia, nadie hubiese imaginado que Yahvé tenía realmente un hijo, como las abominables deidades de los goyim". (A History of God, p. 96).

Hijo de Dios en el mundo gentil

Cuando nos volvemos al mundo gentil al cual se difundió el mensaje de Jesús, hijo de Dios significaba algo bien diferente.

En primer lugar, los reyes del mundo antiguo eran con frecuencia venerados como hijos de Dios divinizados. Se decía que el Faraón egipcio era hijo de Helios, hijo del sol, no en un sentido meramente adoptivo ni metafórico, sino en un sentido real, ontológico. Esto significaba que Faraón era una encarnación del dios Helios.

Después de que el imperio egipcio se derrumbó y el Faraón desapareció de la historia, el culto a Helios se mantuvo vivo en Alejandría. Cuando Alejandro el Grande llegó a Egipto, fue aclamado por este culto como el nuevo hijo de Dios en la tradición de los antiguos faraones. Este título divino fue adornado con la leyenda de su nacimiento de una virgen.

Los sucesores griegos de Alejandro fundaron el imperio seléucida en Siria, a donde llevaron esta tradición de realeza divina. Antíoco I asumió el título de Antíoco Soter (Salvador). Antíoco II se convirtió en Antíoco Theos (Dios). Antíoco III se autoproclamó Antíoco Magnus (Grande). Y finalmente, aquel gran azote de los judíos, Antíoco IV, reclamó para sí el nombre de Antíoco Epífanes (la manifestación de Dios). Así, pues, más o menos en el año 170 a. C., se dijo que uno de los grandes carniceros de los judíos en la historia era una manifestación de Dios mismo. Esta era una versión griega de la encarnación, siglos antes de que los cristianos reclamaran algo similar para Cristo Jesús.

El título divino, hijo de Dios, fue trasladado a los gobernantes romanos. Era fama que los legendarios fundadores de Roma, Rómulo y Remo, habían nacido de una virgen como 'hijos de Dios'. También lo eran los grandes césares de Roma, Julio y Augusto. En las mismas monedas que Jesús y sus discípulos manejaban aparecía una imagen de César bajo la cual estaba la inscripción divi filius (hijo de Dios). Las cartas dirigidas a los césares a menudo llevaban la salutación introductoria "Mi Señor y mi Dios" ...".

Cuando Jesús comenzó a ser proclamado como hijo de Dios o rey ungido (Mesías) en todo el mundo greco-romano, habría sido difícil, si no casi imposible, no comenzar a torcer el significado de esto para adaptarlo a la profundamente arraigada cultura gentil. En el relato de la natividad de Lucas, escrito cerca del fin del siglo primero, no debe pasarse por alto el punto de que Jesús, no sólo nació durante el reinado del más importante César de Roma, sino que Lucas hábilmente sugiere que este niño en el pesebre es el rey rival de otro imperio - el imperio de Dios. La expectativa de que naciera de una virgen habría sido abrumadora.

Los dioses que mueren y resucitan

Luego está el asunto de otros hijos de Dios que se pensaba eran la progenie de los dioses. A menudo, los dioses de este mundo antiguo bajaban a embarazar a alguna mujer escogida. Por ejemplo, el padre de los dioses griegos, Zeus, engendró aproximadamente cien hijos con una variedad de mujeres, la mayor parte de las cuales se decía que eran vírgenes. Los más famosos de estos dioses nacidos de vírgenes fueron Aquiles, Demetrio, Heracles, Apolo, Dionisio, Esculapio. Las leyendas sobre ellos habían sido influidas por las leyendas más antiguas de Osiris de Egipto, Atis de Siria, Mitra de Persia, y Tamuz de Babilonia. Este gran panteón de hombres divinos, la mayoría de ellos nacidos de una virgen, eran también lo que muchos eruditos llaman los "dioses que mueren y resucitan" de la antigua mitología. Siempre los estaban matando. La mayoría de ellos sufrían y morían como Heracles, o de alguna manera desaparecían por un tiempo, sólo para reaparecer nuevamente o ser resucitados de la muerte para convertirse en algún tipo de divinidad en el mundo superior.

Estas divinidades que morían y resucitaban en Egipto, Babilonia, Persia, Siria, y Grecia dieron lugar a un gran número de "religiones de misterio" que florecieron por todo el mundo de habla griega en la época de Pablo. Cada ciudad tenía su divinidad patrona y religión de misterio. En la religión de misterio clásica, el adorador entraba en una especie de unión mística con su divinidad escogida - Dionisio, Heracles, Sandon, Mitra etc. - al comer una comida sagrada y experimentar alguna clase de bautismo. Por medio de esta unión mística, el adorador participaba del sufrimiento, la muerte y la exaltación de su héroe. (Los dioses griegos eran llamados héroes, de la palabra griega eros, que significa amor).

Cuando Celcus, el crítico pagano del cristianismo del siglo segundo, se quejó de que los cristianos obviamente habían copiado y duplicado estos ritos paganos, Justino, el más grande apólogo cristiano de la época, reconoció libremente que estaba ocurriendo alguna clase de imitación. Una explicación que Justino ofreció fue la de que el diablo entró primero y comenzó a imitar y a apropiarse de la religión cristiana antes de que se iniciara en el mundo. En otras ocasiones, Justino admitió que era correcto que lo mejor de la revelación pagana fuera tomada prestada e incorporada en la revelación cristiana.

Convirtiendo a los hombres en dioses

Hay un rasgo más del mundo gentil que es muy relevante para el desarrollo de la divinidad de Jesús. La época en que estas ideas se desarrollaron era de una asombrosa credulidad religiosa. Se creía que hombres que parecían desusadamente talentosos, fueran gobernantes como Augusto, sanadores como Esculapio, o filósofos como Platón, habían sido dotados de sus dones por un nacimiento sobrenatural. Mientras que los judíos habían sido condicionados durante siglos de monoteísmo a no adorar a ningún hombre como Dios, los gentiles parecían demasiado listos a aclamar como dios a algún gobernante, guerrero, sanador o atleta. He aquí tres incidentes registrados en el libro de Hechos del NT que ilustran esta proclividad gentil.

1.  "Y un día señalado, Herodes, vestido con ropas reales, se sentó en el tribunal y les arengó. Y el pueblo aclamaba, gritando: ¡Voz de Dios, y no de hombre! (Hechos 12:21:22).

2.  "Entonces la gente [de Listra], visto lo que Pablo había hecho [sanar a un cojo], alzó la voz, diciendo en lengua licaónica: "Dioses bajo la semejanza de hombres han descendido a nosotros". Y a Bernabé llamaban Júpiter, y a Pablo, Mercurio, porque éste era el que llevaba la palabra. Y el sacerdote de Júpiter, cuyo templo estaba frente a la ciudad, trajo toros y guirnaldas delante de las puertas, y juntamente con la muchedumbre quería ofrecer sacrificios [a Bernabé y a Pablo]. (Hechos 14:11-13).

3.  "Los naturales [de Malta] nos trataron con no poca humanidad; porque encendiendo un fuego, nos recibieron a todos, a causa de la lluvia que caía, y del frío. Entonces, habiendo recogido Pablo algunas ramas secas, las echó al fuego; y una víbora, huyendo del calor, se le prendió de la mano. Cuando los naturales vieron la víbora colgando de su mano, se decían unos a otros: Ciertamente este hombre es homicida, a quien, escapado del mar, la justicia no deja vivir. Pero él, sacudiendo la víbora en el fuego, ningún daño padeció. Ellos estaban esperando que él se hinchase, o cayese muerto de repente; mas habiendo esperado mucho, y viendo que ningún mal le venía, cambiaron de parecer y dijeron que era un dios". (Hechos 28:1-6).

(Para un relato más detallado y muy fascinante de este mundo gentil griego de héroes y dioses nacidos de vírgenes, y cómo influyeron estas cosas en el desarrollo del cristianismo, véase de Gregory J. Riley, One Jesus, Many Christs [Un Jesús, Muchos Cristos]).

En resumen, la anterior evidencia histórica indica que el terreno gentil al que el cristianismo fue transplantado de su suelo judío original era enteramente favorable y hasta prejuiciado a favor de la transformación de Jesús de un humilde maestro galileo a una especie de divinidad. Todos los obstáculos que impedían este desarrollo fueron quitados cuando todo rastro del cristianismo judío fue echado fuera o purgado de una Iglesia puramente gentil.

El triunfo de Atanasio

En el siglo segundo, Justino el apólogo y Tertuliano, padre del cristianismo latino, comenzaron a enseñar una preexistencia real y consciente de Jesús. Sin embargo, aun entonces, su Cristo era una divinidad creada según las líneas de lo que más tarde vino a ser el modelo arriano. En el siglo tercero, encontramos al obispo de Antioquia, Pablo Samosata, oponiendo alguna resistencia a la tendencia popular. Decía que Jesús era simplemente un hombre en el cual habitaban el Verbo y la Sabiduría de Dios como en un templo. Pero la corriente ya se movía demasiado rápidamente hacia convertir a Jesús en Dios, así que la teología de Pablo Samosata fue condenada por un sínodo en Antioquia en el año 246 AD. En el siglo cuarto, se cruzó la barrera final cuando una divinidad creada según la enseñanza de Arrio fue rechazada en favor del Cristo plenamente divino de Atanasio. Sin embargo, la encarnizada guerra teológica no terminó con estos dos protagonistas porque la ortodoxia de Atanasio no fue universalmente aceptada en toda la cristiandad sino hasta bien entrado el siglo octavo.              

El debate sobre la divinidad de Jesús fue ganado realmente cuando Atanasio apeló a una premisa central que fue aceptada por todas las partes. La redención fue definida en términos de deshacer las consecuencias de la caída de Adán. Atanasio razonaba que sólo Dios mismo podría hacer expiación por el pecado de Adán contra una majestad infinita, y que sólo Dios podía tender un puente sobre el abismo infinito entre el hombre y Dios. Atanasio razonaba que, si a Cristo le faltaba un paso para ser Dios en el sentido más elevado - como en la teología rival de Arrio - esto nos dejaría sin una efectiva redención. Por consiguiente, Atanasio luchó a favor de esta posición, por medios correctos y a veces por medios incorrectos, como si la integridad del mensaje cristiano y la salvación del mundo entero dependieran de ello.

La victoria de la ortodoxia no se consiguió mediante el debate razonado solamente. La Iglesia nunca fue una institución democrática, ni siquiera una institución en la cual el laicato desempeñara un papel significativo. La definición de ortodoxia y herejía fue trabajada y decidida por la élite que ostentaba el poder. Los obispos combatían sobre el cuerpo de Jesús como gansos belicosos, y a menudo, los problemas se dilucidaban por medio del gran garrote del poder político. La ortodoxia no emergió de este conflicto sin algo de sangre en las manos y el olor de la corrupción política en las ropas.

(Como lectura adicional, se recomienda el muy concluyente relato de estas cosas por Richard E. Rubinstein en una nueva publicación llamada When Jesus Became God - The Struggle to Define Christianity During the Last Days of Rome [Cuando Jesús se convirtió en Dios - La lucha para definir el cristianismo durante los últimos días de Roma].

Si en la actualidad aceptáramos las mismas premisas mitológicas y religiosas acerca de la caída del hombre como las aceptaban los clérigos del tiempo de Atanasio, entonces el Credo de Atanasio todavía podría ser convincente. Sobre esta base, podríamos proceder a desestimar cualquier cosa que se aparte de la ortodoxia, como el arrianismo - o el sebelianismo, el nestorianismo, el adopcionismo, el modalismo o cualesquiera otros términos que los antiguos concilios usaran para desechar cualquier punto de vista que discrepara con la ortodoxia. Pero, de acuerdo con un punto de vista moderno y científico, esta premisa entera sobre la cual Atanasio construyó este Cristo divino se ha vuelto insostenible.

Al hacer de la caída el punto de partida o la premisa de su modo de pensar acerca de Cristo, la Iglesia ha cargado a la humanidad con la culpa por introducir en el mundo todo el sufrimiento humano y toda la muerte - además de la terrible misoginia sobre la premisa de que todo comenzó cuando Eva tentó a Adán en el paraíso. De todas maneras, todo sufrimiento temporal y toda la muerte eran vistos como alguna especie de juicio divino por el pecado de Adán, y que esto es un mero pago inicial de la condenación eterna. ¡Qué terrible blasfemia contra la humanidad, por no decir nada de su terrible representación de Dios! Sin embargo, como hemos señalado, ésta era la visión mundial sobre la cual Atanasio y la Iglesia cristiana construyeron su argumento final y decisivo para la divinidad absoluta de Cristo.

EL JESÚS HISTÓRICO

La evidencia más decisiva contra la divinidad de Cristo reposa en las enseñanzas del Jesús histórico mismo. Todo lo que enseñaba se resumía en lo que él seguía llamando "el reino de Dios". Éste era el tema de sus parábolas y aforismos - aquellos memorables dichos de una sola línea. El reino de Dios, siempre en sus labios, era su obsesión y su pasión, su perla de gran precio, el tesoro escondido en el campo por cuyo gozo estaba dispuesto a dar todo lo que tenía, incluyendo su vida.

Su propia familia creía que estaba "fuera de sí", los escribas pensaban que estaba "poseído", y otros lo declaraban "loco". ... El reino era su locura. Lo celebraba con cualquiera que estuviera dispuesto a  juntarse con él a la mesa; declaraba a todos libres en su nombre, violaba todas las reglas que se interponían en su camino, y finalmente dio su vida por él - o más bien, dio su vida para salvar la única cosa por la cual vivía. (Thomas Sheehan, The First Coming: How the Kingdom of God Became Christianity. Bajo el capítulo The Kingdom of God).

La predicación cristiana posterior convirtió a Jesús mismo en el mensaje. Pero es asombroso que, en todas las enseñanzas de Jesús sobre el reino de Dios (que resume todo lo que enseñó) no se dice nada, absolutamente nada, que haga de él mismo el tema de su enseñanza. Jesús no reclamó para sí ningún título, ni se presentó como el objeto de la fe. En todas sus enseñanzas sobre el reino de Dios, no califica ni siquiera como problema secundario junto con el tema principal. Por eso, el consenso erudito de la actualidad es que Jesús no se consideraba a sí mismo Dios, y mucho menos iba por allí diciendo que era Dios. Cuando el asunto se pone en su contexto histórico, la mera sugerencia de que podría haber hecho esas afirmaciones carece de toda credibilidad.

Las enseñanzas de Jesús sobre el reino de Dios eran realmente bastante singulares. Eran diferentes de las de cualquiera de sus contemporáneos. No sonaban para nada parecidas a las enseñanzas subsiguientes de sus seguidores. Ellos convirtieron al mensajero en el mensaje y al iconoclasta en el ícono.

Los credos de la Iglesia no tienen absolutamente nada que decir sobre la enseñanza central de Jesús sobre el reino de Dios. Si usted tuviera la nariz de un perro labrador, no podría hallar en ninguno de los credos ni el más débil rastro del tema del "reino de Dios", del que hablaba Jesús. Todo lo que los credos dicen acerca del Jesús histórico podría escribirse en una estampilla de correos con un gran pedazo de tiza. Esto indica que el Cristo de los credos se ha convertido en un invento mítico que no tiene ninguna base real en el Jesús de la historia. Peor, el invento mítico y el hombre histórico son mutuamente excluyentes - ¡totalmente incompatibles!

Esto suscita algunas preguntas muy inquietantes sobre la posible identidad del anticristo - si es que se le ha de dar alguna realidad a esta figura mítica. Aparentemente, Pedro fue el primer apóstol en identificar positiva y públicamente a Jesús como el Mesías. Fue en el día de Pentecostés cuando hizo el alarmante anuncio de que Dios había hecho a Jesús su Mesías al resucitarle de entre los muertos (Hechos 2). Dos autores del NT advierten a los primeros cristianos acerca del peligro real de abrazar a "otro Jesús" que es llamado el "anticristo". En un lugar se dice que sería un hombre que "se sienta en el templo de Dios afirmando ser Dios" (2 Tesalonicenses 2:4).

Un reino ya presente

En la enseñanza de Jesús, el reino de Dios era algo que ya había llegado. Se decía que estaba "en vosotros", "entre vosotros" y "difundido sobre la faz de la tierra". (Luc. 17:20-21; 11:20; y en el Evangelio de Tomás (113:1-4), que fue descubierto en 1945. No todos podían ver este reino, sin embargo, pues era como el tesoro escondido en un campo, la semilla esparcida o la levadura oculta en la masa. (Mateo 13:33, 44; Lucas 8:5).

Según Jesús veía las cosas, la llegada y la presencia del reino de Dios en medio de la situación humana era algo que debía celebrarse con cualquiera que quisiera acompañarle a la mesa. Rehusaba ayunar siguiendo la costumbre religiosa de su tiempo, y adquirió la reputación, al menos en algunos lugares, de ser "glotón y borracho".

Las enseñanzas de Jesús acerca de un reino silencioso y oculto que ya había llegado discrepaba totalmente con el modo de pensar y la visión mundial del judaísmo contemporáneo. En primer lugar, el pensamiento apocalíptico del reino de Dios en términos de una irrupción súbita y violenta en la historia de un reino "celestial". En un poderoso acto de coerción omnipotente, el mundo llegaría a su fin por medio del fuego. Los justos ("nosotros") serían rescatados y los impíos ("ellos") serían destruidos. En esa era, todos estaban de puntillas, esperando ver señales y portentos que indicasen que este reino estaba a punto de llegar.

La enseñanza apocalíptica se basaba en la posición de que Dios se relacionaba con este mundo de una manera muy episódica y milagrosa. Por ejemplo, el mito de la creación/caída era tomado muy literalmente y jugaba un papel muy fundacional en la apocalíptica. Así como Dios pondría fin al mundo y resolvería todos los problemas humanos súbitamente como si se tratara de ondear una varita mágica, la apocalíptica pensaba que, al principio de la historia, Dios había creado, instantánea y milagrosamente, un hombre y una mujer perfectos, y luego los puso en un paraíso igualmente perfecto.

La apocalíptica no tenía ningún aprecio por cómo el desarrollo de un lenguaje, una cultura y un carácter humanos requeriría una enorme cantidad de tiempo si el producto final habría de ser verdaderamente humano. ¡Ni Dios pudo construir a Roma en un día! ¡Si va a haber una comunidad humana, ni Dios puede apresurarse, interferir ni crear atajos para el proceso!

La apocalíptica describía a Israel como representando la caída de Adán. Cuando Israel desobedeció la ley, fue expulsado de Palestina del mismo modo que Adán fue expulsado del paraíso. En respuesta al pecado de Adán y el repetido fracaso de Israel en obedecer la ley, Dios huyó de la tierra, se retiró a su alto cielo como un Soberano distanciado, y cerró las puertas. Las naciones gentiles fueron dejadas para que se dedicaran al pillaje y pisotearan la tierra como bestias salvajes (véase Daniel 7). En la apocalíptica, Dios estaba esencialmente ausente del mundo. Como un soberano muy distante y alejado, manifestaría su presencia en la tierra sólo por medio de la ley, los ángeles y las observancias religiosas. En muy limitados episodios, sin embargo, se pensaba que él se revelaría - aunque eso era mayormente en la historia pasada o en una era por venir. En presencia de este desaliento histórico, la única esperanza real era un fin apocalíptico de la historia.

Este trasfondo apocalíptico sólo sirvió para hacer aun más impresionante el contraste de "las buenas nuevas del reino" de Jesús. Jesús insistía en que la llegada del reino de Dios en medio de la situación humana no estaba acompañada por ninguna señal ni demostración externa. Esta clase de enseñanza habría sido un escándalo en los círculos judíos, ¡como si alguien hoy día les dijera a los cristianos que no hay ninguna segunda venida!

(La mejor obra para recuperar este Jesús no apocalíptico se halla en las publicaciones de Robert Funk, Roy Hoover, John Dominic Crossan, Marcus Borg, Robert Miller, Stephen Patterson y otros eruditos del Seminario de Jesús. Pero el capítulo de Thomas Sheehan sobre The Kingdom of God in the First Coming: How the Kingdom of God Became Christianity [El reino de Dios en la primera venida: Cómo el reino de Dios se convirtió en el cristianismo] sobresale como una joya brillante).

El reino de Dios como la presencia de Abba Padre

Algunos eruditos interpretan el término "reino de Dios" como el "gobierno de Dios". Hablando lingüísticamente, eso puede ser correcto, pero es susceptible de conducir a confusión. Porque, en su enseñanza, Jesús describe a Dios como el Abba (papito) Padre, no como un Soberano distanciado.  No hablaba de Dios en términos del antiguo modelo monárquico. En su lugar, Jesús tenía esta manera audaz, casi blasfema, de hablar de Dios en términos del afecto más íntimo y familiar. Le ponía a Dios un rostro muy humano.

Así, pues, en vez de interpretar el reino de Dios como el gobierno de Dios, como si fuera el de un monarca celestial, deberíamos entender que Jesús quiere decir la presencia de su supremamente humano Abba Padre.

Sin embargo, no es correcto decir que la enseñanza de Jesús era enteramente nueva. A diferencia de la apocalíptica judía, los grandes profetas del AT también creían que el reino de Dios era una realidad presente y que la historia era la escena de la presencia de Dios, no la de su ausencia. Hay hasta pasajes que hablan elocuentemente del cuidado paternal y hasta maternal por la humanidad, especialmente a favor de los oprimidos. Los profetas no tenían ninguna teología de la caída y el retiro de Dios del mundo. En el espíritu de los profetas del AT, Jesús envolvió en frescura y poder la enseñanza de ellos acerca de la presencia esencial de Dios en el mundo y su cuidado por la humanidad.

En su enseñanza del reino - la amante presencia del Abba Padre - Jesús tampoco tenía nada que decir acerca de la caída, mucho menos una enseñanza acerca de un Dios ofendido que se había retirado de la tierra a su alto cielo y había cerrado la puerta. Y a diferencia de los credos cristianos y los teólogos, Jesús no tenía nada que decir acerca de algún gran abismo entre la humanidad y el Abba Padre sobre el cual era necesario tender un puente. ¡Ni un poquito! Por lo que concernía a Jesús, Dios nunca se fue, y nunca necesitó que nadie abriera la cerradura de la puerta para dar a la familia humana libre acceso a su persencia.

Thomas Sheehan resume brillantemente el significado del reino de Dios como lo presentaba Jesús:

Dios, como Dios, se había identificado, sin reservas, con su pueblo. El reino de Dios significa la encarnación de Dios. Esta orientación enteramente humana del Padre - la presencia amante, encarnada, del hasta ahora distante Soberano - marcaba la radical novedad del mensaje de Jesús acerca del reino de Dios. El reino no era algo separado de Dios, como un estado de bienestar espiritual que un benigno monarca celestial podría establecer para sus fieles súbditos. Tampoco era ninguna forma de religión. El reino de Dios era el Padre mismo entregado a su pueblo. Era un nuevo orden de cosas en el que Dios echó su suerte irrevocablemente con los seres humanos y escogió la relación con ellos como la única definición de sí mismo. De ahora en adelante, Dios era uno con la humanidad ... (ibid).

Esta es la razón de por qué Jesús siempre hablaba del reino de Dios en términos muy del mundo, no en términos religiosos. Presentaba el reino o la presencia del Abba Padre en relatos o dichos sobre personas muy ordinarias que hacían cosas muy ordinarias - un samaritano que ayudaba a un hombre herido a un lado del camino, un padre que daba la bienvenida a su hijo derrochador como si éste no hubiese hecho nada malo, un corazón amable que ofrecía un vaso de agua fría, un acreedor que generosamente perdonaba una deuda, un dador que no esperaba nada a cambio; en resumen, en personas ordinarias que hacían cosas muy humanas a favor de personas muy humanas. Allí es donde se manifestaba la presencia de Dios - en personas que eran verdaderamente humanas las unas con las otras, ayudando a la gente y dejándose ayudar por personas de maneras muy mundanas.

Jesús se llamaba a sí mismo el hijo del hombre. Esto no era un título. Simplemente significaba hijo de Adán, el ser humano, este hombre, sólo humano, etc. En vista de ello, este parecía un nombre modesto, hasta rebajante, para dárselo a uno mismo. La suya era una época en que cada grupo de personas quería sacralizar su identidad como especial y poor encima de la muchedumbre común de la humanidad. Pero Jesús sabía que había una dignidad y una autoridad en ser verdaderamente humano que era mayor que cualquier título que cualquier sistema religioso o político pudiera invocar.

Ser humano es "la imagen y semejanza de Dios" (Génesis 2:28; Salmos 8:5-8). "Dios es espíritu", dijo Jesús, y como el espíritu de Abba Padre, no tiene manos, ni voz ni rostro. Las manos, la voz, o el rostro humanos son las únicas manos, la única voz o el único rostro que Dios tendrá jamás en este mundo; y el prójimo, ya sea que esté enfermo o sano, sea pobre o rico, tenga hambre o esté bien alimentado, contento o triste, es la única presencia que Dios tiene en este mundo. De aquí que, para parafrasear las palabras de Jesús en el Sermón del Monte: "Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte ... Vosotros sois la sal de la tierra ... Dejadme ver buenas obras [vuestras simples acciones de ser humanos] de tal manera que otros vendrán a ver cómo es vuestro Abba Padre".

Dios revelado sólo en y por medio de la humanidad

Esto significa que toda búsqueda y toda pretensión de conocer a Dios-en-sí-mismo es una ilusión religiosa. Porque Dios-en-sí-mismo es impenetrable, inimaginable, incomprensible, inconcebible, inescrutable, incognoscible y, como los hebreos solían decir acerca de su nombre, impronunciable.

La carga religiosa de tratar de invocar a Dios-en-sí-mismo es una carga aplastante que la humanidad nunca ha podido llevar. La devoción a este Dios incognoscible, abstracto, allí afuera o allí arriba ha enloquecido a la gente lo bastante como para resentir, descuidar, abusar, odiar, perseguir y masacrar a millones de personas. No hay en la tierra ninguna violencia tan perversa como la violencia religiosa.

Cuando Jesús reemplazó la devoción a un Dios-en-sí-mismo por una devoción a un Dios-con-la-humanidad, fundió en uno solo los dos grandes mandamientos de la ley - amor a Dios y amor al prójimo. Ahora no hay ningún mandamiento mayor que el amor al prójimo. La llamada "regla de oro" "es la ley y los profetas".

Esto explica la misteriosa ausencia de cualquier énfasis en el llamado "mayor" o "primer" gran mandamiento en las enseñanzas de Jesús. Antes que repetir los cansados y antiguos clichés religiosos sobre poner a Dios en primer lugar, Jesús hasta dijo que deberíamos poner la reconciliación con nuestro hermano antes que el culto a Dios. Como lo expresa Sheehan:

De aquí en adelante, según el profeta de Galilea, el Padre no había de ser hallado en un cielo distante sino enteramente identificado con la causa de los hombres y las mujeres. La doctrina de Jesús sobre el reino significaba que Dios se había encarnado: Se había derramado, había desaparecido en la humanidad y no podía ser hallado en ninguna otra parte excepto allí ... La doctrina del reino significaba que, de aquí en adelante y para siempre, Dios estaría presente sólo en y como el prójimo de cada uno. Jesús disolvió las extravagantes especulaciones de la escatología apocalíptica en el llamado a la justicia y la caridad. (Ibid).

La idea de que hay alguna especie de autoridad vertical allí afuera o allí arriba que tiene prioridad por encima del amor al prójimo ha causado más divisiones, odios, y derramamiento de sangre que cualquier otra cosa en la historia de la humanidad. Esto fue lo que llevó a Saulo de Tarso a perseguir a los primeros cristianos. Esto fue lo que hizo que la Iglesia desterrara o quemara a judíos y herejes. Llevó a Calvino a ejecutar a Servetus y a los puritanos a flagelar a los cuáqueros. Todavía lleva a los extremistas religiosos de nuestros días a quemar, bombardear, o acribillar a otros por devoción a un Dios que tiene prioridad por encima de la humanidad. Pero, al fundir los dos grandes mandamientos  en uno sólo, Jesús puso el hacha a la raíz de todos los actos de inhumanidad inspirados en la religión.

Un acceso a Dios sin intermediarios

En la enseñanza de Jesús sobre el reino de Dios, cada uno sin distinción puede tener acceso al Abba Padre sin intermediario. No hay ninguna necesidad de sacerdotes, gurús, padres, sacrificios, ritos, ni siquiera de Jesús mismo, para tender un puente sobre algún abismo entre Dios y su pueblo. Ningún abismo existió jamás y ningún mediador se necesitó jamás.       

Por supuesto, es verdad que la Iglesia puso a Jesús en el centro de las cosas como el eslabón esencial entre Dios y el hombre, pero, al hacerlo, perdió por completo la visión de Jesús sobre el reino y estableció la religión nuevamente con su acceso a Dios a través de un intermediario. Pero Jesús ni siquiera hablaba de la salvación en el sentido cristiano. Según él veía las cosas, la humanidad nunca ha existido fuera del abrazo salvador de Dios. Siempre estaba diciendo: "No temáis", "por nada estéis ansiosos", "no temáis al que puede matar el cuerpo", porque el Abba Padre está con vosotros y en vosotros - en vuestro trabajar, vuestro amar, jugar, comer, beber; en vuestro éxito y en el fracaso, el sufrimiento y la muerte. Él está más cerca de vosotros que vuestras manos y vuestros pies, y aun más cerca que vuestro respirar y el latir de vuestro corazón. Su cuidado por nosotros va más allá de la alborada de la primera conciencia humana misma, hasta la profundidad de un amor eterno que planeó para esta humanidad emergente en los eternos consejos de Dios. Nunca hubo un tiempo en que nosotros no existiésemos ni habrá un tiempo en que dejaremos de existir en el corazón del Abba Padre.

Era esta visión decidida y clara del reino lo que hacía que este galileo descalzo e itinerante le pareciera tan excéntrico, poseído y fuera de sentido hasta a su propia familia, incluyendo a su madre. ¿De qué otro modo podríamos explicar algunos de sus más escandalosos dichos de una sola línea que parecían expresar una tan temeraria indiferencia por los vínculos de familia o por un prudente planeamiento financiero - afirmaciones como "dejad que los muertos entierren a sus muertos", "odia a tu padre y a tu madre y también tu propia vida"; "vende lo que tienes y regálalo"; "id descalzos y no llevéis ni ropas ni bolsas de dinero para vuestro viaje"; "dad a todo el que os pida y no esperéis que se os lo devuelva", etc. Como observó un escritor bien perceptivo, es mucho más fácil convertirlo en una divinidad venerada que tratar de tomar demasiado en serio su dura perspectiva de la vida. ¡Eso es lo que hicieron también los seguidores de Zoroastro y Buda!

El fin de la religión

Todos estos rasgos de las enseñanzas de Jesús se resumen en lo que puede llamarse el fin y la abolición de la religión. ¡La mayor ironía es que se diga que el mayor iconoclasta religioso de todos ellos es el fundador de una nueva religión! ¡O que se convirtió en objeto de devoción religiosa! Esto es como hacer de Adam Smith el santo patrono del estado comunista. Como dice Robert Funk, fundador del Seminario Jesús:

"Cuando se menciona el nombre de Jesús, se supone que el tema es "religión". Pero, en realidad, puede decirse que el Jesús del cual captamos vistazos en los evangelios ha sido irreligioso, irreverente e impío. Como Paul Tillich observó una vez: La primera palabra que pronunció fue contra la religión en su forma habitual; porque era indiferente a la práctica formal de la religión, se dice que había profanado el templo, el sábado, y violado las leyes de pureza de su propio legado; y lo más importante de todo, hablaba del reino de Dios en términos profanos - es decir, no religiosos ... Por consiguiente, la inauguración de un sacerdocio y un clero parece contraria a los deseos de Jesús" (Honest to Jesus, p. 302).

Sheehan, otro erudito del Seminario Jesús, dice:

Su proclamación marcó la muerte de la religión y el Dios de la religión, y saludó el principio de la experiencia post-religiosa: la abdicación de "Dios" en favor de su oculta presencia entre los seres humanos ... Y cuando Dios llega a escena, Jesús pareció decir: Todos los intermediarios, incluyendo la religión misma, están hechos pedazos. ¿Quién los necesita? ¡El Padre está aquí! (Ibid. capítulo sobre El Reino de Dios [The Kingdom of God]).

LA VISIÓN DE JESÚS ACERCA DEL REINO, PERDIDA: LA RELIGIÓN, REESTABLECIDA

La ruptura entre las enseñanzas de Jesús sobre el reino de Dios y la predicación de hasta sus seguidores inmediatos es tan clara como asombrosa.

El evangelio del reino predicado por Jesús era acerca de Dios-con-el-hombre, Dios encarnado en la totalidad de la humanidad, Dios en y con mi prójimo ¡en esta tierra aquí y ahora! Esto significa Dios presente en lo que parece el embrollo, la confusión y la pecaminosidad de una humanidad que emerge en este histórico proceso. Significa Dios como el espíritu ubicuo y como "la voz suave y apacible" - que impulsa e inspira a una humanidad en desarrollo hacia la semejanza y la imagen de Dios - no por coerción, no en grandiosos episodios de intervención, sino como el espíritu de persuasión, leudando este fermento humano para que sea verdaderamente humano como era el propósito que el hombre fuese.

La Iglesia Cristiana también proclamaba un mensaje de Dios-con-el-hombre. Este era Dios encarnado en sólo un hombre a su propia mano derecha en el cielo. ¡Dios estuvo con el hombre sólo en el cielo! Estuvo con este hombre sólo por un fugaz momento en esta tierra, pero era un hombre nacido de una virgen (el catolicismo dice que fue una virgen concebida inmaculadamente), y un hombre cuya perfección absolutamente sin pecado era igual a la justicia infinita de Dios. Este hombre ya no está en esta tierra, sino que ha sido retirado al cielo.

Aquí nos encontramos nuevamente con este Dios de la apocalíptica, retirado-de-esta-tierra-a-su-alto-cielo. Cuando se combina esto con la doctrina agustiniana del pecado original, este es un Dios que está tan elevado y separado de esta tierra que no podría siquiera tocar la humanidad pecadora con una vara desinfectada. Está con un hombre en el cielo, este hombre mítico de los credos que ha sido despojado de contenido histórico y de su enseñanza sobre el reino de Dios. Se dice que este hombre mítico es Dios mismo. Cualquier verdadera humanidad es consumida y aborbida por su divinidad. Así, pues, esta teología cristiana de Dios-con-el-hombre en el cielo es Dios-consigo-mismo en el cielo.

Se dice que este Dios de la apocalíptica, distante, retirado-a-su-alto-cielo, que-cierra-la-puerta, transmite su presencia sólo por medio del Jesús divino, más la intercesión de María y los santos (en la tradición católica) y por medio de los sacramentos y los ministerios sacerdotales y clericales de la Iglesia - fuera de los cuales, según la ortodoxia cristiana, nadie se puede salvar. Por consiguiente, lo que tenemos en la enseñanza de la Iglesia es un regreso a la religión y a la apocalíptica. Para citar a Sheehan nuevamente:

Jesús se había librado de la religión y el apocalipsis al transformar la esperanza en caridad y al refundir la escatología como liberación actual. Pero sus discípulos redirigieron su atención hacia un futuro fantástico y, de ese modo, reinstalaron a Jesús en la religión que éste había dejado atrás. Rehicieron la presencia de Dios-entre-los-hombres como la presencia-de-Dios-que-habría-de-venir, y eventualmente como Jesús mismo. De allí en adelante, la relación de uno con Dios (del cual Jesús ya había dicho que estaba presente) fue determinada por la relación de uno con Jesús (del cual los discípulos ahora decian que estaba ausente temporalmente). Ibid, capítulo sobre The Apocalyptic Judge [El Juez Apocalíptico]).

Sheehan también subraya el punto de que, mientras más los discípulos elevaban la posición de Jesús, más se alejaban de sus enseñanzas sobre el reino.

El regreso a la religión es ilustrado por el retorno de la Iglesia a la práctica del ayuno. A comienzos del siglo segundo, el ayuno se convirtió en un ejercicio riguroso y monótono que puso a la sombra al ayuno judío por su mórbida flagelación del cuerpo. Jesús había rehusado ayunar porque, como decía: "Los hijos del esposo no pueden ayunar mientras el esposo está con ellos". En esta parábola, Jesús no se refiere a sí mismo. Usó una figura de lenguaje familiar en el AT en la cual se dice que Dios era el esposo de Israel. Lo que Jesús quiso decir claramente era esto: ¿Cómo podemos ayunar cuando la presencia del Abba Padre está aquí? Pero los autores del NT no sólo convirtieron a Jesús en el esposo figurado, sino que pusieron en su boca las isguientes palabras para justificar su regreso a la religión: "Vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces ayunarán". (Mateo 9:15). ¡El ayuno era un acto de duelo por una ausencia real!

La religión y la apocalíptica son intentos humanos de habérselas con la completa falta de esperanza causada por la ausencia de Dios, no su presencia. El apocalipsis cristiano hace este revelador reconocimiento cuando dice que, en el futuro, no se necesitará ningún templo para la práctica de la religión, cuando Dios venga finalmente a habitar entre su pueblo plenamente restaurado y libre de pecado. (Véase Apocalipsis 21:3, 22). Pero toda esta existencia sin religión es trasladada desde el presente, como en la enseñanza de Jesús, hasta el futuro, como en el apocalipsis cristiano.

En la enseñanza de Jesús, Dios habita con la humanidad imperfecta, emergente, en el aquí y ahora. Pero, según la enseñanza cristiana, Dios habitará con los salvados sólo después de que toda su humana suciedad haya sido lavada. Esto refleja a un padre distante que besa y abraza al niño sólo después de que la nana le haya cambiado los pañales, lavado la nariz mocosa, y lo haya hecho aceptable con perfume. En la teología cristiana, ninguna humanidad mortal podría osar aproximarse a la terrible presencia de la infinita majestad de Dios aparte de todas las provisiones mediatorias de la religión cristiana. La absoluta pieza central de esta mediación religiosa es la divinidad de Jesús.

LOS FRUTOS DE LA DIVINIDAD DE JESÚS

Habiendo seguido la pista a la historia de cómo se desarrolló la doctrina de la divinidad de Jesús, necesitamos examinar los frutos de esta doctrina. James Madison, uno de los padres fundadores de la nación estadounidense, no fue demasiado halagüeño acerca de los frutos de la religión cristiana.

"Durante casi quince siglos, el establecimiento legal conocido como el cristianismo ha estado bajo juicio. ¿Y cuáles han sido los frutos, más o menos, en todos los lugares? Éstos son los frutos: orgullo, indolencia, ignorancia y arrogancia en el clero. Ignorancia, arrogancia y servilismo en el laicato. Y tanto en clero como en el laicato, superstición, fanatismo y persecución".

El cristianismo ha sido culpable de crímenes sistemáticos y sostenidos de enormes proporciones contra la humanidad. Cuando se examina esta dolorosa evidencia, a veces se sugiere que estos crímenes contra la humanidad fueron el resultado de haberse apartado del verdadero cristianismo. Pero, por el contrario, necesitamos ver que estos males eran la expresión del auténtico cristianismo, cuyo corazón era el mito de la divinidad de Jesús.

Una vez que la Iglesia asumió la posición de que la totalidad de la inagotable realidad de Dios se había manifestado en un solo ser humano, el cristianismo se convirtió en la más exclusiva secta de salvación que este mundo había visto jamás. La Iglesia se convirtió en el único custodio de los tesoros celestiales. Todas las otras religiones fuera del cristianismo habían ser contadas como oscuridad, superstición e ignorancia.

En nuestra moderna Global Village, los clérigos están tratando de reinterpretar esta histórica exclusividad cristiana para hacerla sonar menos arrogante y menos ofensiva para los no cristianos; pero no es realmente posible exorcizar este exclusivo elemento de la tradición cristiana mientras permanezca la columna central de la divinidad de Jesús. Cuando la Iglesia elevó a Jesús a la categoría de Dios, fue empalada en el poste de su propio status especial. Esta exclusividad cristiana - de que no hay verdad salvadora fuera del cristianismo - es una carga de la que muchos cristianos pensantes les gustaría deshacerse. Huele a ser un mal vecino. Es esencialmente inhumano. Rosemary Ruether lo llama "un enorme y absurdo chauvinismo religioso". Y discrepa totalmente tanto con el espíritu como con la enseñanza del Jesús histórico. 

Al afirmar que la revelación total de Dios se hallaba sólo en un hombre, la Iglesia no pudo evitar convertirse en el sistema de religión más totalitario que el mundo haya visto jamás. Para ser fiel a su propia confesión, la Iglesia tuvo que reclamar para su religión la verdad total y lealtad total.

El paso siguiente fue hacer cumplir estos reclamos con un reinado de aplastante intolerancia religiosa y persecución. Si la Iglesia estaba en posesión de la exclusiva y total revelación de Dios en su Hombre divino, ¿por qué debería tolerar cualesquiera discernimientos rivales de los misterios de Dios o la condición humana?

En lugar de transmitir el mensaje de Jesús sobre el reino, la Iglesia convirtió al mensajero en el mensaje. Aunque a aquéllos que creían en sus siempre expansivas afirmaciones acerca de Jesús se les prometía salvación para la vida eterna, se decía que los que no hacían los ruidos correctos acerca del status de Jesús estaban condenados y era merecedores del castigo divino. Hasta Pablo fue arastrado por este pensamiento apocalíptico cuando dijo que su Jesús vendría en fuego ardiente para tomar venganza de aquéllos que no obedecieran su evangelio (2 Tesalonicenses 1:8). Sin embargo, esta afirmación es mansa cuando se la compara con los sanguinarios ayes, las plagas y los tormentos que el libro de Apocalipsis amontona sobre cualquiera que esté fuera de la pequeña secta cristiana.

La historia de Jonás en el AT parece ilustrar la ley de que, los que comienzan declarando que ciertas personas van a ser castigadas, terminarán teniendo la esperanza y hasta exigiendo que sean castigadas. El libro de Apocalipsis, que describe la secta cristiana regocijándose en los castigos divinos aplicados a sus oponentes, es un excelente ejemplo de esta ley en funcionamiento. El rasgo más objetable del mensaje cristiano desde el mismo comienzo fue su tendencia a engatusar y amenazar a la gente para que creyera sus afirmaciones acerca de Jesús. El fin lógico de esta clase de chantaje intelectual era el bandidaje físico para hacer cumplir la fe. A su debido tiempo, los tornillos intelectuales eran seguidos por los tornillos verdaderos de la Inquisición.

La doctrina de que Jesús es Dios no sólo es una doctrina cristiana entre muchas. Es el corazón y la esencia del cristianismo hasta el punto de que todo lo demás es sólo un corolario de ese punto central. Ya hemos visto que esta enseñanza cristiana central no se estableció plenamente sino hasta que fue defendida por Atanasio en el siglo IV. La batalla por la divinidad de Jesús no fue ganada sin enormes conflictos, intrigas políticas y hasta algún derramamiento de sangre. Pero, aun entonces, muchos de los reinos bárbaros que se asentaron en el Imperio Romano Occidental continuaron siendo arrianos y resistieron el credo ortodoxo. Está más allá del alcance de este bosquejo seguir el rastro al conflicto que continuó hasta que la divinidad de Jesús fue aceptada universalmente en el siglo octavo. Esta victoria de la ortodoxia cristiana fue ganada más por el filo de la espada que por persuasión intelectual. En muchos casos, el obispo ortodoxo convertía a una princesa o reina, las mujeres entonces ganaban al gobernante de un reino bárbaro, y luego el gobernante hacía cumplir la adhesión a la divinidad de Jesús a filo de espada.

Habiendo obtenido el apoyo del poder político, la Iglesia se dispuso a destruir sistemáticamente la literatura, el saber, el arte, la medicina, la ciencia y la cultura del mundo pagano, todo lo cual era juzgado como demoníaco. Hay también razón para sospechar que la Iglesia estaba ansiosa por sepultar la evidencia de cuán extensamente había tomado prestadas muchas de sus ideas y prácticas del mundo pagano.

Fueron esta exclusividad cristiana, este totalitarismo y esta intolerancia religiosa los que desempeñaron un papel significativoal comienzo de la Edad Media. Aunque el mundo islámico mantuvo viva la erudición, creó universidades y hospitales, y hasta otorgó libertad religiosa en gran medida a judíos y cristianos en países bajo su jurisdicción, la Europa cristiana se aferró a su Jesús divino y suprimió despiadadamente el espíritu humano.

El autor católico Walbert Buhlmann (God´s Chosen Peoples) lamenta que la religión cristiana haya derramado más sangre que cualquier religión rival. El principal punto de conflicto en todo este derramamiento de sangre, ya fuera de judíos, musulmanes, o disidentes dentro de sus propias filas, era la divinidad de Jesús. La persecución sistemática de los judíos era la política oficial de la Iglesia pero, por orden de Agustín, siempre se detenía cuando estaba a punto de convertirse en genocidio. Decía que el sufrimiento del pueblo judío era ser testimonio de de su rechazo de la divinidad de Jesús. En cuanto a los disidentes que cuestionaban la absoluta dvinidad de Jesús desde dentro de la cristiandad, fue política oficial de la Iglesia por siglos desterrarlos o quemarlos.

Ni siquiera los reformadores abandonaron esta política, como lo demostró Calvino cuando hizo ejecutar a Servetus en la hoguera. En Inglaterra, un joven estudiante de nombre Lambert hizo algunas preguntas sobre la doctrina de la Trinidad. El arzobispo Cranmer, uno de los padres de la Reforma inglesa, firmó el decreto para que el estudiante fuera ejecutado en la hoguera. El joven se arrepintió, pero fue considerado como fuera del alcance de la misericordia, por lo menos en esta vida. En respuesta a las dudas acerca de quemar a un joven estudiante en la hoguera, Cranmer expresó la opinión de que ser quemado en la hoguera no era una manera tan mala de morir. No fue sino mucho tiempo después de esto que el partido católico recuperó el poder en Inglaterra bajo el corto reinado de Mary, "la sanguinaria". Cranmer recibió un trago de su propia medicina cuando él también fue quemado vivo en la hoguera.

Cuando los cruzados cristianos invadieron la Tierra Santa, quedaron perplejos al descubrir un paraíso en la tierra. Bajo el gobierno del Islam, se les permitía libertad religiosa a judíos, cristianos y musulmanes y tenían permiso para vivir felices juntos en una región que prosperaba más allá de los sueños más extravagantes de la Europa cristiana. Pero, inspirados por la locura religiosa de la lealtad a su divino Jesús, los cristianos saquearon pueblos, masacrando a musulmanes, judíos, y cristianos que, a menudo, no se podían distinguir unos de otros. Pero, como decían los cruzados cristianos, "¡Dios sabrá la diferencia!".

Ni católicos ni protestantes parecían reconocer que siglos de brutal intolerancia religiosa eran desesperadamente inhumanos. El triunfo  en favor de la tolerancia religiosa fue mayormente el fruto del Siglo de las Luces, la era de la ciencia y el triunfo de las democracias liberales. En muchos casos, las modernas potencias seculares intervinieron para impedir que los conflictos religiosos degenerasen en persecución y derramamiento de sangre. Pero, sobre todo, era la emergente conciencia humana la que juzgaba que la intolerancia religiosa era totalmente inhumana y totalmente inaceptable.

Observamos antes que la noción de un Dios-en-sí-mismo, allá afuera o allá arriba, combinada con la idea de que la devoción a esta clase de Dios debía tener prioridad por encima de toda consideración humana, es la idea más peligrosa y destructiva que jamás se haya difundido en este planeta. Encendidos con la devoción religiosa por su Dios abstracto, no hay nada que los seres humanos no hagan para deshumanizarse y aplastarse los unos a los otros. El cristianismo ha demostrado que no es ninguna excepción cuando se trata de violencia inspirada en la religión. En Indonesia en este momento, cristianos y musulmanes se hacen pedazos unos a otros hasta matarse en nombre de su Dios.

En las sectas cristianas pequeñas, hasta los pacifistas que no quieren participar en ninguna forma de derramiento de sangre como militares, los miembros que se salen de la línea son evitados, vapuleados emocionalmente y sometidos a toda clase de tratamientos inhumanos, especialmente si la divinidad de Jesús es cuestionada. Los papas de estas pequeñas sectas cristianas son mucho más despóticos que el gran papa de Roma. Las sectas religiosas tienden a ser pocilgas para la supresión y el control del espíritu humano. Sin embargo, las condiciones son tolerables cuando los miembros no toman su religión demasiado en serio. Como dijo en son de burla una vez el historiador protestante Marty Marty: "Los cristianos comprometidos no son educados y los cristianos educados no están comprometidos".

El tratamiento inhumano de los disidentes, en nombre del Jesús divino, se extiende al mundo de la erudición cristiana. Un caso que lo ilustra es el de los insultos vitriólicos que actualmente se amontonan contra los eruditos del Seminario Jesús cuyo único crimen es que están haciendo sus mejores esfuerzos para recuperar al Jesús histórico. Como dijo un miembro del Seminario en una reciente publicación:

"... algunos críticos del Seminario lo denuncian con lenguaje rencoroso y a veces venenoso. La polémica retórica de estos críticos es la más fea con la que me he encontrado jamás en escritos eruditos. La suposición operativa de estos eruditos y de los comités editoriales que aprueban sus escritos para ser publicados es que es apropiado no sólo atacar las ideas del oponente sino también insultarlos personalmente, impugnar su honestidad intelectual, y hasta sus compromisos religiosos. Quizás estoy más triste que otros por estos insultos verbales porque pertenezco al grupo al cual están dirigidos". (Robert J. Miller, The Jesus Seminar and its Critics, pp. 76-77).

El punto que reclama atención aquí es que el cristianismo ha derramado ríos de sangre y hecho daño a multitud de personas a causa del status de Jesús, pero nunca a causa de sus enseñanzas. Nadie podría jamás sentirse motivado a perseguir ni a injuriar a su prójimo por seguir lo que el Jesús histórico dijo o hizo. No sería posible que nadie hiciera estas cosas brutales a sus prójimos si creyera que las enseñanzas del Jesús histórico acerca de Dios están presentes sólo en y con el prójimo - y no hace ninguna diferencia si ese prójimo es judío, musulmán, hereje, ateo o cualquier clase de "pecador". El Dios del Jesús histórico estaba igualmente presente en todos y para toda la humanidad sin distinción.

Sería negligencia de parte nuestra no reconocer libremente que el espíritu del Jesús histórico recibió a menudo expresión dentro del movimiento cristiano. Porque, a pesar de su teología, la Iglesia sí dio testimonio del Jesús histórico en su NT, y esto siempre ha inspirado un vasto número de obras humanitarias llevadas a cabo dentro de la Iglesia. Saludamos gustosamente la expresión de este espíritu humano en las vidas de pesonas como San Francisco, Abelardo, John Milton, William Wilberforce, Madre Teresa e incontables otros dedicados a dar expresión a un verdadero espíritu humano.

Además del espíritu de exclusividad, totalitarismo, intolerancia y persecución que ha marcado tanto de la historia cristiana, hay un gran número de prácticas inhumanas que, no sólo fueron sancionadas por la Iglesia, sino defendidas vigorosamente por siglos. Nos referimos al apoyo, por la Iglesia, de la institución de la esclavitud hasta tiempos muy modernos, una actitud hacia las mujeres que iba desde la subordinación hasta la patente misoginia de los padres de la Iglesia, la supresión de los derechos civiles, el apoyo a los derechos divinos de los reyes por encima de las libertades democráticas, la supremacía europea y el craso racismo, el patrocinio estatal de las instituciones de la Iglesia y la obligatoriedad de las enseñanzas cristianas en el resto de la sociedad, oposición al conocimiento científico y resistencia al Siglo de las Luces y la moderna erudición bíblica - para mencionar sólo algunas cosas inhumanas. (Véase de John Hicks, Non-Absoluteness of Christianity, pp. 17-30).

Si la divinidad de Jesús era la Luz brillante que alumbraba en lugar oscuro, como ha sostenido siempre la religión cristiana, ¿cómo fue que todas estas prácticas inhumanas prosperaron en presencia de esta gran Luz? ¿O era esta Luz tan celestial que no tenía ninguna utilidad en la tierra?

El movimiento cristiano no puede ni siquiera afirmar que fue el primero en preconizar la liberación humana en ninguna de las áreas antes mencionadas. Muy a menudo, la Iglesia se resistió al progreso y arrastró los pies en nombre de alguna clase de lealtad a su Jesús divino y la Biblia. Por lo general, fueron la influencia del Siglo de las Luces, la edad de la ciencia, o el humanismo liberal los que abrieron el camino para estas reformas humanas. O quizás podríamos decir que fue una conciencia humana emergente que trabajaba en el mundo en general lo que hizo que hasta la Iglesia ajustara sua prácticas para ponerlas más a tono con una conciencia humana de avanzada. El ímpetu a favor del cambio ciertamente no procedió de la teología de la Iglesia.

Hay que preguntar si había una relación entre la teología de la Iglesia centrada en la divinidad de Jesús y estas prácticas inhumanas. ¡Por supuesto que había una conexión! Las prácticas inhumanas eran el fruto de su teología inhumana. Si el movimiento cristiano cree que puede cambiar sus prácticas en tantas áreas sin cambiar su teología, está podando las copas de los árboles pero dejando las raíces.

Al final del día, la divinidad de Jesús debe ser juzgada por su historia y sus frutos.

UN EPÍLOGO SOBRE LA MODERNA VISIÓN MUNDIAL

Las enseñanzas de Jesús sobre el reino de Dios encajan muy cómodamente con una visión mundial moderna y científica. En la visión mundial moderna, tenemos una humanidad emergente, una conciencia humana en desarrollo en un universo de enormes dimensiones espacio/tiempo. Todas las ramas del conocimiento humano, ya sea en las ciencias físicas, humanas o históricas, apuntan en la dirección de una humanidad emergente, no en la de una creación súbita. Ahora sabemos que millones de años antes de que el primer hombre caminara en la tierra, ocurría suficiente vida y muerte aquí para crear ríos de combustible fósil para nuestras necesidades actuales. La muerte siempre ha jugado un papel vital en el desarrollo de todas las especies vivientes.

En las enseñanzas de Jesús, se decía que el reino de Dios operaba en el mundo como la levadura oculta en la masa o como una planta de mostaza cuya semilla es tan ubicua que no puede ser erradicada. Estas imágenes también sugieren el proceso de una humanidad emergente.

La imaginación religiosa sobre la caída del hombre y un Dios ofendido que se retira al cielo están completamente fuera de lugar en una cosmología moderna. (¿Tiene sentido siquiera un cielo allí arriba en el contexto de una cosmología científica?) También está completamente fuera de lugar en la visión de Jesús acerca del reino. A diferencia de sus contemporáneos, él no creía que la gente se enfermaba o moría como resultado del pecado de alguien ahora o en el pasado. Su Dios nunca pidió rescate por este mundo a causa de ningún error humano en el pasado o en el presente. Lo que era importante para él no eran los pecados que la gente había cometido - nunca les pidió que se arrepintieran a causa de ello - sino si aceptaban la escandalosa generosidad de la presencia perdonadora del Abba Padre entre ellos.

Las personas con una visión mundial esclarecida y moderna ya no aceptan la proposición de que Dios sólo habla con un grupo de personas en el mundo entero - al principio los judíos y luego la Iglesia. La afirmación de que la religión cristiana es la única religión verdadera por medio de la cual Dios pude actuar, o que sólo la Iglesia tiene las llaves del reino es descartada actualmente como una pieza de tontería sectaria de mente estrecha. Y con razón, porque esta es una era en la que ha habido gran progreso en importantes problemas humanos como la no discriminación con respecto a razas, igualdad de géneros, tolerancia religiosa, derechos humanos, conciencia ambiental y justicia para los que están en desventaja. Esta conciencia humana emergente no está limitada a la Iglesia ni a ningún grupo de personas, sino que está difundida sobre la faz de la tierra como el reino de Dios del que hablaba Jesús.

La Iglesia debería dejar de tratar de hacer que la gente se sienta culpable por no ser religiosa. Ser religioso y ser humano no es la misma cosa. Los profetas del AT no eran grandes fanáticos de la escena religiosa en sus días, y Jesús continuó desde donde ellos se habían detenido. Quitó toda distinción entre el mundo sagrado y el mundo secular. Todo, hasta el reino de Dios, fue hecho para ser secular. Pero, al mismo tiempo, veía todo en el mundo "saturado con la presencia de la divinidad" (Morwood). El Jesús de la historia se sienta bastante cómodamente con la visión mundial post-religiosa.

A la luz de las enseñanzas de Jesús sobre Dios-con-el-hombre en esta tierra en el aquí y ahora, necesitamos redefinir el significado de un verdadero "creyente". Puesto que Jesús nunca se presentó como objeto de fe, mucho menos quiso convertirse en la sustancia del evangelio, podemos pensar en abandonar la enseñanza de la Iglesia sobre "la fe en Jesús". Puede que ésta sea la idea que la Iglesia tiene del evangelio, aun en tiempos del NT, pero no era la idea de Jesús acerca del contenido del evangelio. Y si también hemos de abandonar la fe en el Dios-en-sí-mismo allí arriba o allí afuera, también debemos llegar a la conclusión de que Dios no va a molestarse con nadie que llegue a la conclusión de que este Dios de la religión es increíble. Si el Dios que se nos ha dejado es el Dios que está en y con nuestro prójimo, entonces la fe en la humanidad y el amor al prójimo es el único encuentro con Dios que es posible, no importa cuál manija uno trate de colocarle a esa estupenda realidad. Nadie podría decirlo mejor que este pasaje del NT: "El que vive en amor, vive en Dios y Dios vive en él". (1 Juan 4:16).


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